viernes, 24 de julio de 2009

El sentido de las 3 am



La noche es un castigo que maltrata a mi cuerpo. Al principio me levantaba exaltado, maldiciéndome por no poder seguir durmiendo, pero ahora mi contraataque es distinto. Invito a mi sueño a que me despierte de madrugada; lo espero con el chanchito en la mesita de luz del costado. Ya no me interesa dormir, sólo quiero escribir.
Siento que al escribir, bien o mal, comiéndome los acentos o repitiendo palabras, logro descargar esa furia que me produce ver el reloj a las 3 am. Traduzco cada uno de los insultos en una frase con sentido, lo que no es muy común en estos días, ya que el verdadero contenido poco tiene de tinta y celulosa.
Sentido. Habría que rastrear la etimología de la palabra “sentido”. Algo tiene o no, sentido. Las personas hacen las cosas con sentido, pero también están los que vinculan la palabra sentido con el verbo “sentir”. Aquí encontré el sentido del sentimiento.
Ya más calmado, convencido de que el sueño no está ligado al descansar, le encontré verdadero sentido a mis 3 am. El chancho ya no está en la página 14, porque esa la completé ayer, así que lo abro en la número 15, tanteo la lapicera que quedó en el suelo – tal vez la empujé mientras dormía y ahora no puedo hallarla, y busco su cara entre mis recuerdos. Deposito mi sentimiento en cada palabra, porque logro traducir el sueño en buenas intenciones.
Hubo capítulos en los que le comenté historias pasadas, recuerdos vividos, anécdotas graciosas, y en otros, movido por la desazón y mis ganas de abrazarla, le conté que no estaba atravesando por mi mejor momento, porque tenía el sentido dañado; no el sentimiento, sino el sentido de orientación.
Entonces, envalentonado, producto de la euforia que me produce sentirla acá, donde todas las noches guardo una pavadita más sobre ella. Acá, donde todo lo que siento es su amor; acá, donde sólo ella puede llegar sin importar la distancia.
Imaginé su cara en Holanda, luego paseando por Londres y rebotando en Barcelona. Imaginé verla en Bruselas, caminando con pelo lacio, largo, deslumbrando a todo hombre que se le interponga en el camino. Imaginé tenerla en mis brazos, sentir el calor y el sabor dulce de sus besos, pero ya eran las 6:30 am, y ella me respondió que estaba bien, y que todo lo que imaginé lo íbamos a hacer a su regreso. Volví a dormirme, no sin antes mandarle llave al chancho; no sin antes mirar al corcho, mirarla a ella, y prometerle que acá voy a estar.

miércoles, 22 de julio de 2009

El chancho de los tres corazones

Llegó a Buenos Aires el chancho de la esperanza. Por el nombre puede parecer del Norte. Salta, Jujuy, incluso puede ser de Bolivia, pero el chancho ya es de otra zona Norte: Olivos, San Isidro; es un chancho porteño.
El color rosadito de la cara puede que nos confunda. Es un puerco de familia, que duerme en mi placard todas las noches, junto a la canasta de mimbre que tienen sus fotos, sus chocolates, su perfume.
No ronca ni muerde, sólo gruñe si lo toca alguien que no sea yo. Pero es un chancho romántico, que guarda adentro suyo cada uno de los capítulos de su historia; esa historia que arrancó largos meses, que los encontró una noche en plena Capital porteña sintiendo al son de las gotas de agua.
En otra página, marcado a fuego por el color de la tinta, el puerco recuerda sus noches en el río, amándose pese al acecho de las nubes; amándose, aunque sea en silencio, en el sillón de su casa, mientras su familia hace que duerme. Amándose, porque sintieron que ya nada tenía mayor sentido que abrirse el uno al otro

El chancho cuenta su historia, sus viajes por el interior del país, sus otros viajes por EEUU y Europa. Los fusiona todo en uno, y estampa una foto para sellar el momento. Recuerda ese momento – veo que se le llenan los ojos de lágrimas – cuando logró contarle el secreto más profundo que tuvo. No pudo seguir escribiendo, sus dedos temblaban como los de un niño que siente el acecho de un cuerpo tenebroso.
Conserva risas, cuentos, anécdotas e historias de todo tipo. Ya entrado en hojas, se sienta a contar que vivió estos meses de casa en casa. De un lado al otro se encargó de tejer los primeros pasos con sumo cuidado. Dice que quiere hacerlo bien, por una vez y para siempre, porque siente que el hilo es más fuerte que nunca.
Recibe todas las noches la bendición de ella. Se deja atrapar por el poder de sus palabras, y acostado en una cama de hotel le replica que sí, que el tiempo se pasa rápido, aunque no se convenza en su totalidad.
El cerdo está tan rosado como siempre. Lleva 24 días en mi mochila y no protesta, pese a someterlo a situaciones límites como la de hoy a la madrugada. Eran cerca de las 3 am. En la habitación del hotel hacía frío, pero lo desperté para comentarle que, como él, yo tengo mi propio libro chancho.
Me maldijo un buen rato, no le gustó que lo levantara para semejante idiotez. Volvió a cerrar los ojos y, al quedarse profundamente dormido, repitió con fuerza: El melón lo vamos a comer juntos, allá. Se durmió. Me dormí, no sin besar la foto, cerrar al chancho y dibujar su cara en la oscuridad e imaginar su vuelta.

domingo, 19 de julio de 2009

El hombre que está solo y espera


Corría por la vereda. La pelota iba de su mano a la pared y de la pared a su mano. O creo que era así, no lo recuerdo. Sólo de algo estoy seguro, que la pelotita tenía su cara.
Ya no sale sin sus pantuflas verdes de cremallera puntiaguda. En el bar de Caballito sus compañeros de militancia lo extrañan, y el encargado asegura que está en su casa, que sólo aparece para retirar los pedidos que, ahora, hace por teléfono.
Cuando juega al fútbol los domingos se pone una remera negra estampada con la cara de ella. Dice que le va a dar suerte, que si esquiva al arquero contrario con la prédica de ella va a definir al palo más lejano, haciendo el gol de su vida.
Algo similar ocurre en su trabajo. Antes de llamar a cada cliente abre su mochila, y en la pared derecha se alcanza a ver la foto de ella. Le dice que la ama; de hecho, creo que ya se siente un pesado por repetirlo cada cuarenta segundos.
A su jefe, si las ventas van bajas, le cuenta que está de capa caída, que su novia se llevó sus ganas de vender, su discurso rimbombante de paladín televisivo. No importa, creo que sigue vendiendo de todas formas.
Su madre le cuenta a sus primas que él está enamorado: “mi hijo se casa”; su padre le ofrece un pasaje de avión para ir a buscarla. En su hogar todo gira en torno a ella. El otro día, pensando en ella, dejó un pote de helado arriba de la estufa. Regresó a los 20 minutos, y sus perros movían la cola de felicidad.
Dijo que hará una fiesta con sus amigos. No sabe qué ropa se irá a poner, pero seguro que llevará la remera negra con la cara de ella estampada. Creo que, si no me equivoco, estará haciéndola en el mismo lugar donde ella celebró su cumpleaños, para recordar esa linda noche.
La llama todas las noches, todas las madrugadas: toda la vida. Cuando escribe intenta que ella se sonría, que diga que su novio está loco. Como ayer, que aseguró que iba a ir al cine, pero que murió en el intento. El balde de pochoclos se lo compró igual, y se metió en la cama, abrazó a la almohada que lleva el nombre de ella.
Cuenta que está viajando al Norte, creo que a Salta.
Ayer lo vi llorar, creo que por amor. Revisé la casilla de mensajes de su celular; ahí estaba ella, que le juraba amor eterno, y le repetía que iba a volver antes porque no aguantaba estar lejos de él.
Paciente, espera su llegada. Le escribe y la llama; la recuerda y la extraña. Se emociona con cada gesto de ella, que a la distancia resuena como un temblor de 8.5 en la escala de Richter.
Era Salta nomás. Desde ahí piensa comenzar su derrotero televisivo.
La despedida lo entretiene. Le cuenta sobre su viaje, su amor y le pide que vuelva despacio, tocando la canción que él le dejó. Le dice que la ama, y que son tres letras que dan para pensar. El ya las pensó: quiero vivir para siempre a tu lado. Van 20 días recién, y mis primeros 365 comienzan a llenarse de tu vida.