viernes, 3 de julio de 2009

Ocho y veinticinco



"Estoy acá para vos" -le escuché decir hace un rato – "Aquí me encuentro, en mi habitación, escribiéndote unas pocas líneas para que te enteres de cuánto te extraño."
Comenzó su relato eufórico, pero no tanto. Estaba deseoso de oírla; esperaba que sonara el teléfono para atenderlo rápidamente y escuchar el lejano, maravilloso y armónico sonido de su voz.
Dos timbrazos: “Quería decirte que te amo, y pese a estar separados por miles de kilómetros sé que nuestro amor no conoce de fronteras”, balbuceó con timidez. Los dos minutos siguientes fueron una bella descripción de los paisajes, los lugares que recorrió todo ese día bajo el acechante rayo del sol.
“No intento preocuparte; si insisto con el hecho de extrañarte, fuera de entristecer, deberías saber que es la expresión más pura de amor que alguien pueda manifestar.” Intuyo que habrá querido decirle que él la extraña todo el tiempo, pero que es producto del amor que le tiene a ella. Es entendible, uno no puede despegarse rápida y fácilmente de aquello que ama.
Seguía concentrado en el teclado, con la mirada puesta en la pantalla de 10,1 pulgadas. Los ojos transmitían calidez, transparencia: sus ojos se mojaban con el soplido del aire quieto. El seguía concentrado en su discurso, intentando contarle a ella todo lo que siente, porque se lo prometió antes de que su novia pusiera un pie arriba del avión.
Pasaron doce minutos entre un párrafo y el otro. Sólo se levantó dos minutos de su silla, se dirigió a la pared y clavó la vista en el centro de su corcho. Allí estaba ella. Reconozco que no me había percatado de su presencia, pero era sumamente grande: ocupaba el centro y también los alrededores.
Es bellísima, ahora lo sé. Ahora entiendo por qué él quiere estar presente sin importar de qué manera. La observa detenidamente, le da un beso y ella le responde con una sonrisa mágica: esa mueca era todo lo que él necesitaba. Estira sus dedos y los pasa por sobre su cabellera, y le dice que la ama; le dice: “dame 365 días, yo voy a ponerles vida. ”
Se está haciendo de día. La noche despide a la luna que, en este lado del Ecuador, todavía sigue destellando su luz: “Ya te conté qué planes tengo para cuando regreses, pero quiero despedirme tratando de que, al leer mi historia, sepas verdaderamente que el amor que siento por vos es la expresión de deseo más viva que crispa aquí adentro. Que el espacio es ficticio cuando puedo mirarte a la distancia y convencerte de que ya no soy yo, sino que mi yo tiene a cada instante un poco más de vos. Entonces vos y yo vamos de la mano.”
Se desvanece. No quiere dejar de escribir. Le toco la espalda, pero no logro sacarlo de su máquina. Su hoja de Word sólo remite a ella. “Con esto me despido”, espeta. Lo veo extenuado, pero comienza a escribir sus últimas líneas.
“No hay paredes ni fronteras que puedan con el amor. Lo que construimos con pasión nunca nadie va a poder vulnerarlo. Tu nombre y el mío encontraron el libro de las historias, y hace 8 meses comenzamos a escribir la más bella de todas”.
Dejó su computadora y se acostó a dormir. Me pidió que les dijera que se siente mucho mejor. Ahora sabe que ella leyó su carta. Ahora sabe que Europa está acá a la vuelta. Ahora creció, y se hizo hombre para ella.