martes, 22 de septiembre de 2009

El viaje del principio soñado



Programaba los viajes con cierta anticipación. Quizás no tanta, o sí, no lo sé. La suficiente como para poder cargar algunas pilchas, los documentos y un poco de plata. Requisitos ineludibles para encarar la travesía que estaba por venir.

Fue la selva amazónica la que me conquistó la cabeza, me atrapó con sus lianas e inclusive, con el peligro que significaba ser carne de cañón para las kilométricas serpientes que se camuflaban con las ramas de los árboles.

Más tardé viré a pequeño burgués; me volví terrenal en las formas y capitalista en los bolsillos, para transitar por las calles de Cancún rodeado de alcohol, sol, más sol y, claro, mucho, pero mucho más alcohol. De hecho, fue al segundo día de viaje, apenas comenzada la excursión al país azteca, en la que me rebané el talón izquierdo, mientras intentaba pegarle a una pelota de volley al tiempo que degustaba un exquisito Margarita mexicano: una idiotez, lo sé, pero fui cambiando. Quizás hasta logré perfeccionarme, o lo que yo llamo perfección no es más que el paso del tiempo crudo, ese que nos va puliendo mientras desnuda las imperfecciones de nuestro propio cuerpo, nuestra alma.

Fue el último viaje el que terminó por deslumbrarme. En ese viaje sucumbí ante esa perfección de la humanidad. Sartre se hubiera quitado la boina para aplaudir su existencialismo más primitivo; hasta lo imaginé entablando una conversación con Afrodita, menudo discernimiento filosófico, felicitándola por tal creatura.

No les contaré cuándo comenzó, porque alcanza con saber que una madrugada de lluvia hubo unas pilchas, unos documentos y también, un bolso cargado de pergaminos que auguraban el último primer viaje.

Como dice el diccionario, en ese viaje se encendió el fuego interior, la lumbre, sólo que de forma involuntaria. Allí comprendí el verdadero sentido de vivir. Allí, les comentaba, se comenzó a vivar el fuego: primero con una leve soplido, luego a pecho abierto, para llegar al punto en que dos bocas, dos cuerpos y dos almas se juntaron para soplar al mismo tiempo, con igual intensidad, para mirarse de reojo y entrelazar sus manos.

Al día siguiente, ya era el segundo, levantáronse uno al lado del otro. Allí no hubo paisajes que describir ni terceros entrometidos; sólo dos, siempre dos y una línea recta al final del camino. Una línea que no describe horizontes, pero con cada puesta del sol, mientras se va tornando anaranjado, ellos frenan para mirarse, para quitarse mutuamente el pelo de la cara, para abrazarse y recostarse al costado del camino.

Ya no importan las serpientes, los pequeños burgueses y el resto de los personalismos que supieron ser y atrás quedaron, porque ahora sólo interesan dos manos, dos cuerpos, dos vidas fundidas en una. Una sola repleta de incertidumbres, pero, como les contaba hace instantes, con un sol anaranjado que se funde en un beso cada tarde.

jueves, 27 de agosto de 2009

Los buenos deseos

Eran las 6 de la mañana de un fresco invierno que ya estaba llegando a su ocaso. Después de dos meses y chirolas, esos fríos comenzaban a disiparse. Levantose, vistiose y salió con premura, como si pasando Cañuelas estuviera aguardando su valija. Había dejado escondido un librito al costado de la autopista, un libro íntimo cargado de frases, que poco a poco iría reproduciendo, siempre después de volver a encontrarlo.

Frenó en el kilómetro 43 y medio, dejó el auto en la banquina con las balizas encendidas, y se bajó con una pala de jardinería. Sobre los primeros yuyos había una P dibujada con madera, y el hombre comenzó a cavar por los siguientes 5 minutos; hasta que encontró ese libro que había escondido dos meses atrás.
Se sentó en su auto, recorrió algunos metros más y estacionó en la playa de estacionamiento del aeropuerto.

El día comenzaba de la mejor manera. Mientras preparaba el desayuno ahí mismo, bajaba un poco la ventanilla para echar a volar ese pesado olor a café con leche de termo. Al mismo tiempo, sosteniendo con su mano izquierda la tostada, tomó el libro, le quitó la tierra y abrió en la primera hoja del cuaderno, ahora sí, violeta con dibujitos porcinos. Vos también me dejaste la porcina, esgrimió, y rió durante un buen rato con ese chiste de pésimo humor; clásico chiste de poca monta.

Soltó algunas lágrimas de alegría, mientras del cuaderno seguían aflorando fotos de ella. Ella acostada, ella en Barcelona, en su casa, en una fiesta, ella, siempre ella; ese pedazo de su vida que cada día iba creciendo, acaparaba más y más lugar adentro suyo, y lo hacía proyectar sobre cada una de sus ilusiones, que ahora pasarían a ser de los dos.

Eran las 7:45, el café ya se había enfriado, pero el seguía contemplando su cara, esa foto en la que estaba abrazados en la playa. Imagen particular, si las hay, porque se los nota radiantes, felices, como están ahora; él cubriéndola a ella, esperando el chasquido “auto timer” de la cámara de fotos, para inmortalizar un retrato de amor, de esos que ni Botticelli pudo reproducir.

No pensó más que en su rostro, en ese cuerpo quemado que había deseado varios días de playa, de un bronceado ejemplar. Volvió a imaginarla con su bikini, aquella que quebró corazones en tierras españolas, y se imagino dos manos, las de ellos. La suya y la de su novia, volviéndose una con tan solo el contacto. Imaginó otro beso, a ella estallando en mar al verlo parado ahí, aguardando su llegada.

El se desvanecía de placer, eso también lo imagino, y como un chico embobado, largó una serie de regalos: Un tal “chancho”, un ramo grande de rosas, esos bellos calcetines que sólo ellos entienden; pero también, y lo más importante, se fundieron en un abrazo que buscaba en la historia a su inmediato antecesor. La miró a los ojos, intentando mantener la figura (que, se los aseguro, se desvanecía con cada gesto de ella), atento a esa cara de ella que tanto disfruta y recuerda, y le dijo: “Quiero que me cuentes de tu viaje, que me muestres las fotos, que descanses y sepas, siempre en paz, que yo estoy acá para amarte”

Se cree que en el auto también había una valija cargada de proyectos, la mayoría sin materializarse, que se abría para comenzar a ser descubierta,para que transitaran sin tapujos, dejando la vida en cada día.

jueves, 20 de agosto de 2009

Te abrazo las ganas

Agarró las llaves del auto, se subió el cierre de la campera y salió en busca del golcito rojo. Rápidamente tomó en dirección a la Panamericana, luego General Paz y terminó tomando para el lado de Ezeiza. Ella, por su parte, caminaba por los corredores del avión para pasar un poco el tiempo, el aburrimiento: para quitarse los nervios de encima.

Él conducía a gran velocidad, tal es así que tardó sólo 30 minutos en pisar el Ministro Pistarini.
Dejó el coche estacionado y se volvió sobre sí mismo. Levantó la cabeza y observó el cielo
despejado, con un sol radiante que avizoraba una primavera incipiente. Se le llenaron los ojos de lágrimas; lágrimas que se entrelazaban como un manojo de nervios y deseos dentro suyo.
Volvió a abrir su auto, sacó unos pañuelitos descartables y se limpió el rostro. Miró a su costado, en el asiento del acompañante, y recordó esa lluvia de noviembre que los abrazó en ese mismo golcito rojo, que días más tarde los cuidaba en la orilla del río, mientras se besaban con el respeto de dos novatos; por lo menos, eso seguro, con más juventud que intención. Ese mismo auto rojo que los llevó hasta el fin de semana que guardan bien adentro suyo, como la primera prueba de una relación que jamás caducará.

Dejó las carilinas en la guantera y comenzó a caminar hacia la zona de “arribos”. Faltaban apenas unos minutos para que ella llegara, y el corazón se le salía de la boca. Quería quemar los segundos con las manos, encotrarla allí, saliendo de la pecera humana con su valija a cuestas.

De los altoparlantes se le pedía a los pasajeros que ajustaran sus cinturones, porque estaban próximos a despegar. Ella volvió con paso cancino hacia su asiento, juntando sus manos a la altura de su pecho, como si entendiera que el tiempo había vuelto a unirse, que la distancia no era más que una sensación que planeaba en el aire desde hacía unas pocas horas.

“El vuelo proveniente de Barcelona”, se leía en el cartel, “está aterrizado.” Sesenta y seis días de espera se fundieron en ese monitor del hall de espera, donde había familias esperando a sus hijos, mujeres a sus esposos, familias a otros familiares, remiseros a empresarios y él, sesenta y seis días después, aguardaba por ella.

Ocho en punto cruzó el free shop, compró algunas cosas para ella y otras para su madre y hermanas. También sintió los nervios del reencuentro, porque aunque estuvo recorriendo un paisaje más lindo que el otro, para ella también pasaron sesenta y seis días.

Ocho y veinticinco, con valijas en mano y la cara empapada cruzó el umbral, ese espejo de vidrio que separa a los viajantes de los que esperan. Apenas la vio corrió hacia ella, mientras que la reacción de ella fue de asombro: se quedó quieta sin poder hacer más que taparse la boca y agacharla cabeza.

Fue el abrazo más largo que jamás se haya visto en el Aeropuerto de Ezeiza, acompañado por un beso que resistió las quejas del resto de las personas, que pedían casi enojados que se abrieran paso para dar lugar.

Estás hermosa, ¿sabés? Te extrañé tanto, tanto. No, vos estás hermoso, te prometo que nunca más me vuelvo a separar de vos. Más te vale, Princesa; no lo resistiría. No puedo hablar, no me salen las palabras. Yo tampoco, me abrazás, mi amor. Necesito sólo eso, saber que estás acá, que me seguís amando. ¿Te querés casar conmigo? Quiero vivir con vos ¿Sigo estando linda? Sos lo más hermoso que vi en mi vida. ¿Te gusta el regalo? Es el primer paso, mi amor. A partir de acá empezamos a construir, ¿sí?

Aclaración: El momento que se acaba de describir transcurrió en algún lugar de mi imaginación. Los hechos no, pero pasarán. El amor llegó, y eso no responde a la imaginación de nadie, sino al sentimiento de un corazón que palpita la vuelta de su otra mitad.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Ensayo sobre la escritura a la distancia

Llevo un mes y medio sentado en mi silla, apoyando los codos sobre el escritorio; retrospectivamente, miro lo escrito en esas primeras publicaciones, cuando todavía la distancia no era más que unos pocos kilómetros. A las ocho y veinticinco llegaba la inspiración, justamente a la hora que me dormí ese primer día, cuando de su boca saqué ese primer dulce beso; fue aquella vez que sentí el calor de sus labios mezclarse con los míos, y comenzar a rozar su cintura hechizó la historia, paró el reloj del tiempo e iluminó al bólido de cuatro ruedas: la magia se hizo presente, la historia comenzó a escribirse.
Ocho y veinticinco me dormí, pensando una y otra vez en ella, en su cara limpia, en su cuerpo esculpido, en la suavidad de su piel. Estaba tan desencajado que ocho y veinticinco, dos horas y cuarenta minutos después de saludarla desde mi ventanilla del auto mientras le hablaba por celular, cerré los ojos para levantarme con una sola certeza: la volvería a ver muy pronto, y otra vez, y muchas veces más. Lo que me había encantado no tenía nombre, pero de a poco comenzaría a descubrirlo.
La observé mientras charlaba con Miró, y un rato más tarde ideaba un ensayo para comentar el encuentro. Volví a encontrarla impoluta, ahora tomando sol en alguna playa del Mediterráneo, vaya uno a saber dónde, hasta que dejé verla, pero no de sentirla.
Estuvo lejos en algún que otro pasaje, quizás llevada por el placer del viaje en sí, quizás por las amistades del momento, lo cierto es que nunca dejó de golpearme el pecho para pedirme cobijo. La dejé entrar todas las noches, todos los días, en cada una de mis actividades.
Comprobé que el castillo se construye de a un ladrillo por vez, pero de a dos, poniendo el cemento y usando la escuadra, para sellar el pacto más fraterno de la humanidad: el amor.
Volví a verla en Berlín, directamente con una prueba cabal de amor. Allí estábamos los dos, ella y mi nombre, indirectamente, yo. En la delgada línea que separa una parte infranqueable de la historia viven nuestras iniciales, y ahora minimizo mi pantalla para poder contemplarla, y la acaricio, la beso, la miro todos los días antes de acostarme, y le cuento cuáles son mis novedades.
Cuántos sentimientos encontrados, algunos que aún persisten en la cabeza, y otros que poco a poco van quedado marginados: euforia, tristeza, soledad, ambición, deseo, pasión. “Los que hacen mal”, me decía mi abuela,”dejalos a un lado, que no estorben. Es corto el tiempo en que estamos, y la vida se trata de eso, de vivir. Si es tu verdadero amor esperala, y disfrutala mucho cuando vuelva. Sos tan joven, hacen una pareja formidable. Animate a vivir, y agarrala de la mano para que sienta que a su lado impera la seguridad de un hombre que tiene amor y proyectos, y que ella es la única que encaja en ambos.”
La llamo todas las mañanas, incluso me animo a hablar en italiano con el mozo de la esquina, para que le cuente cómo se vive en la rutina, mientras la cabeza se va por allá. Cuando caigo en mí siempre estoy en este escritorio, inspirándome con ese fin de semana glorioso, imaginando mi futuro ligado al de ella.
Cada vez falta menos, y como un niño espero junto a la ventana. Pasan uno a uno los días, y mi cabeza la encuentra desnuda, estirada sobre una lona en la playa de siempre. Ahí me acerco, le susurro al oído y comienzo a besarle la espalda, me voy hasta abajo y comienzo a sentir que su respiración es cada vez más fuerte. Cierra los ojos y aprieta sus labios contra la lona, mientras entrelazamos nuestras manos y su cadera comienza a hundirse en la arena. Una y otra vez, giro la cabeza y estamos solos, entonces la doy vuelta, la miro a los ojos y la siento tan cerca que sólo puedo decirle que la amo. Veo que una lágrima le corre por la mejilla derecha. Alcanzo a secarla, y la abrazo fuerte, como si quisiera recuperar tantos abrazos lejanos, y me vuelvo a separar diciéndole que cada vez falta menos y me siento mucho mejor. Que ese castillo de un solo ladrillo ya tiene forma, y está más fuerte que nunca.
Punto y aparte, son las ocho y veinticinco, el horario en que la musa vuelve a nacer, el momento en que el sol pega en la cara y dibuja su rostro en el cielo. Es ella, yo lo sé, y no necesito nada más.

lunes, 10 de agosto de 2009

TU FOTO VALE MÁS QUE MIL PALABRAS


¿Alguna vez sentiste que al ver a una fotografía te quedás sin palabras?
En el nuevo milenio, las nuevas tecnologías son una foto constante, tan efímeras como fugaces. Llegan tan rápido que desaparecen con la misma velocidad; pero, les aseguro, si yo escribo de esta foto en particular es porque verdaderamente vale la pena detenerse un momento y contemplar semejante obra de arte. Porque esta imagen se quedó, no siguió avanzando.
Arte. Qué poco sé de arte. A quién le importa el arte cuando frente a sus ojos tiene la prueba de amor que tanto ansiaba; hacía un tiempito, digamos algunas semanas, que esperaba se le apareciera de alguna manera; y así fue, porque el domingo pasado se levantó y la vio en cuclillas, con un pincel de brocha fina en la mano dibujando su historia. Estaba allí, tan hermosa como impactante, mirando a la cámara como queriendo decirle “acá está mi prueba de amor. En este metro cuadrado de asfalto dejo estampadas nuestras ilusiones; y es acá desde donde quiero que sepas que mi amor tampoco se desvanece. Muy por el contrario, ya no encuentro la manera de decirte cuánto te amo”. No hace falta que digas más nada, porque con sólo mirarte, disfrutarte, saber que estás más hermosa que nunca, confirmás que vos estás ahí, pero tenés tu corazón acá, junto al mío.
Una obra de arte es tenerte acá, porque cada vez que levanto la cabeza y te veo con ese hermoso rodete, con tu piel tostada, con ese color negro que tan bien te sienta, me doy cuenta de que cada vez falta menos.
En cierto momento te enojás, no logro entender muy bien por qué; estás tan magnífica como altiva. Comienzo a sentir que sube el calor, quiero transportarme para tenerte en mis brazos, para poder descubrir cuán magnánimo es el mundo a tu lado. Los días se suceden unos a otros, pero siempre encuentro el momento para volverte a mirar, para construir este castillo de ilusiones que vos acabás de dejar atrás. No uno sino muchos, todos los que comenzaremos a edificar juntos.
Te paraste, estiraste tus brazos, y el color sepia te vuelve increíble. Tu figura describe el conjuro de amor y pasión que mantenemos. A tu lado las inscripciones quedan sin efecto, porque la historia se cae con sólo observarte.
Son momentos. Cada imagen es un momento, que a su vez construye otro momento más grande, y que será imborrable. Reformulo la pregunta: Si la fotografía describe un momento, ¿por qué me quedo sin palabras cuando te veo sonreír, respirar; vivir tu vida con tanta pasión, sin exigir más nada que amor?
La historia, te decía, comienza a escribirse todos los días. Con una fotografía, un llamado telefónico o, simplemente, una mano encima de la otra. La historia ya tiene nombre, y será la lágrima de alegría de los nietos, bisnietos y todos los que nos sucedan, porque nuestra historia comenzó a dejar pinceladas de amor en todo el mundo: con tus manos, con tu corazón, con nuestra vida.

viernes, 7 de agosto de 2009

Sobre héroes, viejos y el amor eterno



Saqué las fotos que tengo en mi mochila. Ahora, este fin de semana, las voy a necesitar más que nunca. Como te conté, me estoy yendo a la Aldea, una vez más, a luchar contra las voces que me atosigan de noche, durante el día: siempre.

Se cumplió un año desde que volví, y todas las semanas me tomo el trabajo de regresar, de enfrentarme y disipar cualquier duda. Las reprendo en mis sombras, hasta me atreví a desafiarlas, y les dejé en claro que yo soy así, que no van a poder cambiar mi forma de vivir la vida, mi manera de entregarme por el sólo motivo de sentir.

Esta semana estuve como pocas veces a su lado. Las acompañe, las reté, las silencié; me volví más seguro de mí mismo, pero todavía no puedo sacarme las astillas de las botas. Todavía duelen los palazos sufridos durante todo este tiempo: fueron largos días en los que podía escaparme apenas unos segundos de los azotes del Viejo.

Intenté esquivarlo – sigo intentándolo -, pero la experiencia lo pone siempre un pie adelante mío. Cuando creo poder eludirlo cae sobre mí con el peso muerto de su cuerpo. Hay veces en los que no siento los golpes, porque no pienso en ello, pero el Viejo tiene el poder de controlar mi mente; me maneja, me lleva de acá para allá. Cuando estoy por acostarme me salta desde el placard, y me revolea las fotos de la cartera. Las junto rápidamente, empiezo a contemplarlas y el mar de gotas se llena iexorablemente. Mientras tanto, él sigue parado delante de mí, atormentándome con frases inconexas, con refranes incisivos: está parado enfrente mío, y no lo puedo esquivar.

Lo llevo conmigo a todos los días. Su destreza es la de los Viejos bichos, con calle. Me arroja una botella de vino cuando entra al calabozo; rápidamente cierra las rejas y me da la libertad de escribir sobre lo que quiera. Comienzo a crear, pero vuelvo a sumirme en esa sórdida costumbre de taparme con la frazada. No quiero escuchar a nadie. Los ratos libres los uso para quitarme las astillas, para recuperar mi cuerpo del trajín diario. Vuelvo a tomar la pluma, busco el halito de luz que se cuela por las hendijas de la ventana y comienzo mi relato: “Hoy es 7 de agosto. El décimo 7 desde que comenzó a llover en noviembre; quisiera mirarte a los ojos para contarte cuánta falta me hacés, quisiera agarrar tu mano para sentir la seguridad que…” Antes de terminar la historia, ya en penumbras, vuelvo a mirar al cielo para encontrar su cara. Quiero que me libere de esta opresión que siento. Le pido que me de la fuerza necesaria para poder esquivar al Viejo zorro que me fustiga por el sólo placer de amar. Se vuelve celoso, engreído. Me grita que soy vanidoso, no puede entender cómo, después de tantos azotes, puedo seguir sosteniendo el mismo pensamiento; le respondo que no hay garrotazo que pueda hacerme caer, porque tengo el corazón más grande del mundo, ese que se volvió hermético con la lluvia de noviembre, que se selló con la marca de la pasión.

Vuelve a golpearme, y otra vez, y otra, hasta que nota que por mi espalda comienza a caer un hilo de sangre. Desvanecido, levanto la cabeza y le pregunto por qué sigue pegándome, qué es lo que necesita probar. Me responde que no lo hace por diversión, si no que no puede entender que exista en la tierra un ser con tanta pasión, que quiera llevarse al mundo por delante, y que pese a sufrir tanto crea que puede separar el mar en dos, correr y darle ese abrazo que tanto añora.

Casi desfalleciendo, mordiendo el barro del calabozo, levanto la cabeza y me siento firme para gritar: ¡Es el amor de mi vida, Viejo hijo de puta! No me vas a separar de ella ni en un millón de años. Lamento tu egoísmo y el de toda la humanidad; acá estoy para esperarla, y mientras mi corazón siga latiendo, ni tus latigazos, tus azotes o tu bastardeo psicológico me va a derribar.

Me llevé las fotos, y aunque no pude contarle cómo estaba, seguí pegando nuestra historia en tres corazones, y al viejo empecé a esquivarlo otra vez.

martes, 4 de agosto de 2009

Paco a la carta


Querido Paco:

Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste, bastante más de un mes, y sólo he recibido algunos pocos correos electrónicos que preguntan más de lo que cuentan: la vida en Buenos Aires cambió poco, o mucho, depende de la silla en que te sientes a observar.
Como sabrás, el trabajo sigue siempre de la misma manera. Esta crisis económica sólo ha desnudado las falencias de un gobierno que ya no sostiene su poder. Los pormenores ya los conocerás, porque te fuiste un día después de la derrota en las legislativas.
Toda crisis trae oportunidades, y yo me encuentro en la senda de los que prefieren mirar al futuro con optimismo, sabiendo que el crecimiento significa compromiso y madurez, asumiendo los riesgos que cualquier negocio tiene.
Sigo con mi tesis, Paco. Tengo un objetivo fijado y quiero cumplirlo: espero poder presentarla en diciembre. Sé que te va a alegrar saber que dentro de unos días comienzo mi preparación como docente. En otro momento te explicaré cuáles son los pasos a seguir, las materias a cursar, etc, porque ahora quiero abocarme a contarte sobre lo más importante que me pasó en este tiempo, Paco.
En realidad, Paquito querido, lo verdaderamente importante comenzó a pasarme hace muchos meses. Parece increíble, pero el viernes se vuelve a cumplir una nueva fecha; prefiero no contarte cuántos meses, sólo comentarte que son pocos para todo lo que nos espera vivir.
Estuve en una noche de lluvia, mi amigo, y a partir de allí me prometí no abandonarla jamás. Hicimos cosas locas, otras no tanto, pero siempre dejando todo el corazón en cada segundo de la relación. Mirá, aprendí a amarla tanto, que para seguir adelante le conté ese secreto que sólo vos y yo conocíamos, pero que ahora también comparte ella: me prometí ser sincero, no ocultarle nada.
A la distancia, porque también la tengo lejos, le canto todas las noches la canción que le dejé como regalo en el mp3, Paco. La acompañé en uno y cada uno de los viajes que tuvo, de país a país, hasta llegué a pelearme con el cacique, ese que vos tan bien conocés, para que me permitiera unos días junto a ella.
Sí, no lo resisto, amigo. Por las noches abro la canasta de mimbre que me dejó, veo todas nuestras fotos, las pego, las despego, las beso, las limpio, las vuelvo a pegar, y las que sobran van otra vez a la canasta, hasta el día siguiente en donde vuelvo a hacer lo mismo.
Como me sugeriste, le escribo todos los días dejándole el cuerpo, el corazón, la cabeza y toda la picardía que tengo, y también recurro a las chucherías que cultivamos desde nuestro primer beso, para llenarme el cuore de esperanza cuando estoy triste.
Paco, vos sabés de esto, sos un entendido en la materia. Estás más cerca del altar que todos nosotros, sos el que lleva la bandera de los enamorados, y el que se desvive por contarle que te querés hacer grande de su mano. Vos, al igual que yo, conociste el amor sin querer (supongo que a la gran mayoría de las personas le debe pasar lo mismo), pero no me podés negar que cuando te sentís enamorado florece en vos toda la poesía que tenés guardada.
Entonces, mi amigo, quiero responder a tu pregunta sobre mis ganas de “noviar”, como lo manifestaste en el mail de la semana pasada. Paco, con ella conocí el amor, y la pasión; aprendí a amar, a abrazar con sentimiento, a querer regalarle el cielo, y dejar el personalismo de lado ¿Sabés por qué, Paco? Porque, y acá podrás decirme vos qué te parece, me levanto todos los días con la certeza de que no necesito más que su amor para ser exitoso, porque mi ilusión es que ella, Paco, vuelva para decirme que no quiere otra cosa más que acompañarme, abrazados, enamorados, besándonos como lo hicimos aquella vez en el auto, como lo sueño desde que ya no está, pero que voy a disfrutar tanto cuando regrese.
Te quiero despedir, mi buen amigo, pidiéndote que no te sorprendas. El amigo que vos dejaste acá es el mismo que te escribe, pero que cambió de forma de pensar hace ya varios meses, cuando se decidió a amar. Aprendo todos los días de ello, y sólo yo sé cuánto la extraño y todo lo que pienso brindarle cuando la vea cruzar la puerta de ese avión; ese avión que nos va a volver a poner cara a cara, estas caras que ya piden reencuentro.

martes, 28 de julio de 2009

Memorias del primer fin de semana

“Tenemos que buscar agua para el mate, amor”, le gritaba ella desde adentro del auto, mientras el joven controlaba la presión de los neumáticos. Se demoraron unos minutos más comprando algunas golosinas y galletitas, y salieron entonces en busca de la autopista.
Durante el viaje charlaron sobre sus familias, y ella le contó que una de sus amigas estaba deprimida porque había cortado con un chico. El le respondió, fiel a su forma de ser: “Cada uno de nosotros elige su propio camino. Todo acto implica una decisión, y es así como se van entrelazando las historias.” Siguieron, mate de por medio, disfrutando los inicios de un viaje que resultaba fabuloso.
Almorzaron en el restaurant más conocido de la zona, aunque él hubiera preferido comer al paso, en uno de los sucuchos que está a la vera de la ruta, justo atrás de la subida al “anexo.”

Llegaron rápido al hotel, subieron a su habitación y comenzaron a besarse con furia, como si hubieran estado mucho tiempo separados. Rápidamente se quitaron la ropa, él la alzó a sus muslos y comenzaron a estremecerse de placer. Sus cuerpos quedaron temblando un largo rato, mientras él intentaba acariciarle su cara, su pelo, su cuerpo. Volvían a encontrarse después de dos meses. Estaban igual que antes; él cumplió su promesa, y esperó paciente, encauzando su vida a los proyectos profesionales que tanto lo apasionaban; ella demostró todos los días, a cada instante, el amor infinito que sentía por su novio.
Cenaron. Unas rabas en mal estado y una cazuela de camarones no pudieron ocultar las ganas acumuladas luego de tantos días separados. Bebieron el vino que a ella le gusta, y regresaron rápidamente al hotel para hacer otra vez el amor. Y otra…
Al día siguiente él la levantó lentamente. Primero una mano, luego un abrazo; más tarde se alzó sobre ella y comenzó a besarle el cuello. Vio su cara de “recién levantada”, y la volvió a acariciar. A partir de allí supo que querría levantarse contemplando su rostro, todos los días de su vida.
En la playa había sol, el día les regalaba un sol de verano, un paisaje de Miró. Tiraron su lona en la arena, apoyaron los libros, las cartas y se sacaron la ropa para tostarse. Allí recordó mencionarle que se cuidara del sol, porque en España las temperaturas superaban ampliamente la barrera de los 35 grados.
Almorzaron algo rapidito; ella disfrutó una ensalada Ceasar, y él, un pancho con queso y papas fritas. El, acá en Buenos Aires, pasaba todas los mediodías frente a la computadora esperando que apareciera una mueca en el monitor. Sintió más de una vez ganas de llorar, pero rápidamente la buscaba en su memoria y reflotaba una anécdota, como por ejemplo la de aquella vez que ella le juró que lo amaba, pese a estar seriamente alcoholizada. Volvía de salir con sus amigas, del centro.
Mientras él miraba el partido de su club preferido, ella leía su libro, pero los tipos que estaban abajo nunca más subieron; apagaron el televisor y volvieron a acariciarse. Hicieron el amor muchas veces, cada una en una posición distinta, y siguieron descubriéndose sólo con el roce de sus manos.
Y el olor a ella es único. El lo guarda en su cabeza, y lo deposita todas las noches en su almohada, para creer que la tiene a su lado, haciéndole el amor como sólo él sabe, escribiendo todos los días a su amor, y esperando a escuchar su voz para volver a decirle que la ama, y que el fin de semana va a ser toda la vida, porque si algo no tiene una barrera es el sentimiento tan profundo, tan genuino y maravilloso que él siente por ella; y él sabe que ella también quiere vivir de ese fin de semana toda la vida.
Se acerca la primavera, y él encontró la suya tres estaciones atrás, siempre en primavera, donde el amor que nace se marca de por vida.

domingo, 26 de julio de 2009

Paquito, el poeta


¡Es suficiente!, gritó desde la planta alta de la casa, y salió hecho una furia hacia la calle. El la seguía desesperado, bien de cerca, aunque no podía ocultar su sonrisa.
En la esquina de Santa Fe y Arenales ella se frenó, y dándose vuelta con furia le estampó el primer beso de todos los besos que se darían a partir de allí. Fue un instante. Ni siquiera logró abrir su boca. Los labios secos marcaban el latido de su corazón.
Poco a poco se fue soltado; primero le estiró su brazo, luego el otro, y un momento más tarde lo abrazó con fuerza. Pasó poco tiempo hasta que una noche, sorprendidos por una llovizna de primavera, hicieron el amor por primera vez.
Reservados, cautelosos, fueron quitándose la ropa. Primero le sacó la camisa botón a botón, continuó dándole besos alrededor del cuello, y resistía los embates de él, qué se había apresurado a quitarle el corpiño, y acariciaba sus senos con admiración. Los miedos fueron desapareciendo. Le bajó el cierre, mientras sentía la frescura de ella posarse en su pecho y unos segundos después le quitó el jeans. Comenzó a besarle los pies, luego sus piernas hasta llegar allí, donde la fuerza de sus manos y los latigazos de su cuerpo no permitieron más que unos pocos segundos.
Fueron varios minutos en los que las restricciones quedaron en la puerta de la habitación, en los que ella comenzó a mostrarle su verdadera cara; minutos en los que él continuó contemplándola, boca abajo, tan maravillosa como irreal.
Comenzaron a reír, y rápidamente ella buscó su ropa interior en el piso y se la puso en la cama, sin necesidad de pararse. Fue esa noche, la primera vez, donde comenzaron a entrelazar sus manos, ungidos por el mismo aceite, consensuando cada acto, entregándose al otro por el mero hecho de amar.
Llegaron a un bar cerca de su casa. Se pidieron un “daiquiri” de melón, porque a ella le gusta comer melón, y charlaron un rato más sobre sus vidas. En algún momento hasta lloraron juntos, cuando él se desnudó ante su novia, susurrándole al oído su secreto mejor guardado.
Por momentos, ahora que ya son una pareja hecha y derecha, ya no necesita gritarle que algo es suficiente, aunque cada tanto tenga que llamarle la atención por tal o cual traspié. Y él sólo necesita saber que la tiene cerca, porque todo el resto de su círculo se mantiene estable.Ella es su centro,desde hace mucho tiempo tiene la llave de su corazón (y la tendrá por el resto de su vida).
Hoy charlan sobre el mundo, las ciudades, el color y la delicadeza de los europeos, pero también guardan su espacio para las huachaferías que tanto ella recibe, y que parecen encantarles. Está pensando en escribir poesías, pero no sabe cómo arrancar, nunca escribió una.
Si tuviera que empezar desde cero, supongo que dos frases iniciarían sus versos:
“De tu mano pretendo hacerme grande, menuda propuesta te hago de lejos;la espera no es un suicidio, simplemente una revelación del alma, que desde hace un mes te jura amor eterno.”

viernes, 24 de julio de 2009

El sentido de las 3 am



La noche es un castigo que maltrata a mi cuerpo. Al principio me levantaba exaltado, maldiciéndome por no poder seguir durmiendo, pero ahora mi contraataque es distinto. Invito a mi sueño a que me despierte de madrugada; lo espero con el chanchito en la mesita de luz del costado. Ya no me interesa dormir, sólo quiero escribir.
Siento que al escribir, bien o mal, comiéndome los acentos o repitiendo palabras, logro descargar esa furia que me produce ver el reloj a las 3 am. Traduzco cada uno de los insultos en una frase con sentido, lo que no es muy común en estos días, ya que el verdadero contenido poco tiene de tinta y celulosa.
Sentido. Habría que rastrear la etimología de la palabra “sentido”. Algo tiene o no, sentido. Las personas hacen las cosas con sentido, pero también están los que vinculan la palabra sentido con el verbo “sentir”. Aquí encontré el sentido del sentimiento.
Ya más calmado, convencido de que el sueño no está ligado al descansar, le encontré verdadero sentido a mis 3 am. El chancho ya no está en la página 14, porque esa la completé ayer, así que lo abro en la número 15, tanteo la lapicera que quedó en el suelo – tal vez la empujé mientras dormía y ahora no puedo hallarla, y busco su cara entre mis recuerdos. Deposito mi sentimiento en cada palabra, porque logro traducir el sueño en buenas intenciones.
Hubo capítulos en los que le comenté historias pasadas, recuerdos vividos, anécdotas graciosas, y en otros, movido por la desazón y mis ganas de abrazarla, le conté que no estaba atravesando por mi mejor momento, porque tenía el sentido dañado; no el sentimiento, sino el sentido de orientación.
Entonces, envalentonado, producto de la euforia que me produce sentirla acá, donde todas las noches guardo una pavadita más sobre ella. Acá, donde todo lo que siento es su amor; acá, donde sólo ella puede llegar sin importar la distancia.
Imaginé su cara en Holanda, luego paseando por Londres y rebotando en Barcelona. Imaginé verla en Bruselas, caminando con pelo lacio, largo, deslumbrando a todo hombre que se le interponga en el camino. Imaginé tenerla en mis brazos, sentir el calor y el sabor dulce de sus besos, pero ya eran las 6:30 am, y ella me respondió que estaba bien, y que todo lo que imaginé lo íbamos a hacer a su regreso. Volví a dormirme, no sin antes mandarle llave al chancho; no sin antes mirar al corcho, mirarla a ella, y prometerle que acá voy a estar.

miércoles, 22 de julio de 2009

El chancho de los tres corazones

Llegó a Buenos Aires el chancho de la esperanza. Por el nombre puede parecer del Norte. Salta, Jujuy, incluso puede ser de Bolivia, pero el chancho ya es de otra zona Norte: Olivos, San Isidro; es un chancho porteño.
El color rosadito de la cara puede que nos confunda. Es un puerco de familia, que duerme en mi placard todas las noches, junto a la canasta de mimbre que tienen sus fotos, sus chocolates, su perfume.
No ronca ni muerde, sólo gruñe si lo toca alguien que no sea yo. Pero es un chancho romántico, que guarda adentro suyo cada uno de los capítulos de su historia; esa historia que arrancó largos meses, que los encontró una noche en plena Capital porteña sintiendo al son de las gotas de agua.
En otra página, marcado a fuego por el color de la tinta, el puerco recuerda sus noches en el río, amándose pese al acecho de las nubes; amándose, aunque sea en silencio, en el sillón de su casa, mientras su familia hace que duerme. Amándose, porque sintieron que ya nada tenía mayor sentido que abrirse el uno al otro

El chancho cuenta su historia, sus viajes por el interior del país, sus otros viajes por EEUU y Europa. Los fusiona todo en uno, y estampa una foto para sellar el momento. Recuerda ese momento – veo que se le llenan los ojos de lágrimas – cuando logró contarle el secreto más profundo que tuvo. No pudo seguir escribiendo, sus dedos temblaban como los de un niño que siente el acecho de un cuerpo tenebroso.
Conserva risas, cuentos, anécdotas e historias de todo tipo. Ya entrado en hojas, se sienta a contar que vivió estos meses de casa en casa. De un lado al otro se encargó de tejer los primeros pasos con sumo cuidado. Dice que quiere hacerlo bien, por una vez y para siempre, porque siente que el hilo es más fuerte que nunca.
Recibe todas las noches la bendición de ella. Se deja atrapar por el poder de sus palabras, y acostado en una cama de hotel le replica que sí, que el tiempo se pasa rápido, aunque no se convenza en su totalidad.
El cerdo está tan rosado como siempre. Lleva 24 días en mi mochila y no protesta, pese a someterlo a situaciones límites como la de hoy a la madrugada. Eran cerca de las 3 am. En la habitación del hotel hacía frío, pero lo desperté para comentarle que, como él, yo tengo mi propio libro chancho.
Me maldijo un buen rato, no le gustó que lo levantara para semejante idiotez. Volvió a cerrar los ojos y, al quedarse profundamente dormido, repitió con fuerza: El melón lo vamos a comer juntos, allá. Se durmió. Me dormí, no sin besar la foto, cerrar al chancho y dibujar su cara en la oscuridad e imaginar su vuelta.

domingo, 19 de julio de 2009

El hombre que está solo y espera


Corría por la vereda. La pelota iba de su mano a la pared y de la pared a su mano. O creo que era así, no lo recuerdo. Sólo de algo estoy seguro, que la pelotita tenía su cara.
Ya no sale sin sus pantuflas verdes de cremallera puntiaguda. En el bar de Caballito sus compañeros de militancia lo extrañan, y el encargado asegura que está en su casa, que sólo aparece para retirar los pedidos que, ahora, hace por teléfono.
Cuando juega al fútbol los domingos se pone una remera negra estampada con la cara de ella. Dice que le va a dar suerte, que si esquiva al arquero contrario con la prédica de ella va a definir al palo más lejano, haciendo el gol de su vida.
Algo similar ocurre en su trabajo. Antes de llamar a cada cliente abre su mochila, y en la pared derecha se alcanza a ver la foto de ella. Le dice que la ama; de hecho, creo que ya se siente un pesado por repetirlo cada cuarenta segundos.
A su jefe, si las ventas van bajas, le cuenta que está de capa caída, que su novia se llevó sus ganas de vender, su discurso rimbombante de paladín televisivo. No importa, creo que sigue vendiendo de todas formas.
Su madre le cuenta a sus primas que él está enamorado: “mi hijo se casa”; su padre le ofrece un pasaje de avión para ir a buscarla. En su hogar todo gira en torno a ella. El otro día, pensando en ella, dejó un pote de helado arriba de la estufa. Regresó a los 20 minutos, y sus perros movían la cola de felicidad.
Dijo que hará una fiesta con sus amigos. No sabe qué ropa se irá a poner, pero seguro que llevará la remera negra con la cara de ella estampada. Creo que, si no me equivoco, estará haciéndola en el mismo lugar donde ella celebró su cumpleaños, para recordar esa linda noche.
La llama todas las noches, todas las madrugadas: toda la vida. Cuando escribe intenta que ella se sonría, que diga que su novio está loco. Como ayer, que aseguró que iba a ir al cine, pero que murió en el intento. El balde de pochoclos se lo compró igual, y se metió en la cama, abrazó a la almohada que lleva el nombre de ella.
Cuenta que está viajando al Norte, creo que a Salta.
Ayer lo vi llorar, creo que por amor. Revisé la casilla de mensajes de su celular; ahí estaba ella, que le juraba amor eterno, y le repetía que iba a volver antes porque no aguantaba estar lejos de él.
Paciente, espera su llegada. Le escribe y la llama; la recuerda y la extraña. Se emociona con cada gesto de ella, que a la distancia resuena como un temblor de 8.5 en la escala de Richter.
Era Salta nomás. Desde ahí piensa comenzar su derrotero televisivo.
La despedida lo entretiene. Le cuenta sobre su viaje, su amor y le pide que vuelva despacio, tocando la canción que él le dejó. Le dice que la ama, y que son tres letras que dan para pensar. El ya las pensó: quiero vivir para siempre a tu lado. Van 20 días recién, y mis primeros 365 comienzan a llenarse de tu vida.

miércoles, 15 de julio de 2009

Vive acá, bien adentro


Es 28 de junio. El frío de la noche se siente más intenso; se mezcla con la lluvia torrencial que no cesa. Estuvo lloviendo toda la tarde, y recién llego a mi casa, después de pasar la tarde más emocionante, pero más triste de mi vida.
Es el gusto a lo que se perdió. El sabor a despedida “por largo rato” ya se instaló acá adentro. Me saqué la remera, quedé en cuero, pero no puedo quitármelo. Siento que me oprime el pecho, pero lo controlo cerrando los ojos, recordando nuestro fin de semana en afuera.
Le escribí muchas cartas, casi todas a través de la computadora. En realidad, sólo dos son de puño y letra; sólo esas cartas contienen el aroma a tinta, el sabor a perpetuidad. El resto necesita de una computadora, no como éstas, que pueden llevarse adentro de la cartera que le regalé.
Siete días pasaron desde su cumpleaños. No la encontré muy entusiasmada con la idea de cumplir un año más. Será porque me tragué un hueso de pollo durante la cena, aunque su viaje ya le venía preocupando demasiado. Sí, era eso: el viaje.
Le regalé esa cartera; en realidad, le regalé otra cartera, idéntica a una que ella ya tenía. No importa, sé que le gustó, como también el reloj chiquito.
Le dí un beso en la frente, la coloqué en centro de mi corcho, y la dejé encarnar en mi almohada. No hay noche en la que la abrace, en la que no la bese y le susurre unas palabras.
Estoy buscando mi propio estilo. Será porque ella ya se fue, y yo la extraño tanto que intento cualquier pirueta para robarle una sonrisa. Ayer, 2 de julio, le mandé un mail diciéndole que quería casarme con ella, pero terminé por decirle que cuando vuelva nos vamos a ir de vacaciones.
Después, para completar la acrobacia, le mandé un mensaje de texto que… Espérenme un segundo que lo refresco. Dice así: “No hay tiempo, ni distancia, ni nada que nos pueda separar. Lo que comenzó hace 9 meses ya nunca terminará. Te amo, mi amor.”, y terminé de completar todo el módulo.
Un párrafo corto. Con un principio precipitado y un final no anunciado. Acción en cada línea mezclada con el vértigo y fusión entre el amor y la nostalgia; igual, dos puntos: esa distancia que nos separa no sabe nada de amor.
Vuelvo a levantarme en la madrugada. Mi psicóloga me dijo que me relaje, que lo importante es que quiero volver a conciliar el sueño. Pero no es eso lo que me acelera, sino cada uno de los quince días que transcurrieron, que parecen un año de veinticuatro horas.
Vuelvo a tener frío, pero recuerdo los vidrios empañados del auto, desvaneciéndose con cada roce de nuestra piel. Recuerdo los cuerpos húmedos, vibrando de placer por el placer de estar juntos. Recuerdo su mirada, penetrante y dulce, y recuerdo sus primeras palabras después de dejarnos caer, en el asiento trasero: “Nunca me sentí tan bien en mi vida”
Nadie alimenta una ilusión en vano. En algún rincón se encuentra la excusa que nos empuja a hacer tal o cual cosa. Acabo de recibir un mail. El contenido se los contaré en alguna otra reunión. Es ella, sí. Me prometió Valencia, su Luna y su fidelidad. La espero.
Mi espera tampoco huele a rancio. En mi cuarto está su foto. En mi vida está ella.

domingo, 12 de julio de 2009

La musa que lo inspiró

Cuando uno no sabe cómo empezar a escribir comienza a llenar líneas que rápidamente desecha a la basura. Lo hacíamos con las hojas amarillentas de los años 80; volvemos a hacerlo ahora, con el “backspace” del teclado.
Yo empecé escribiendo de deporte porque me apasionaba; desde chico fui afecto a practicar tenis, fútbol, handball, volley y esgrima. Este último sólo en la colonia de vacaciones, y muy de vez en cuando, pero lo hacía.
Nada me gustaba más que sentarme a escribir de deporte, les decía. Tomaba mi portaminas HB, mi goma de borrar naranja y azul y me perdía en los rincones de mi casa, buscando el clima propicio para dignarme a pensar.
Qué feliz era escribiendo. Qué feliz me siento, les cuento, cuando aparece la musa que alguna vez dejó Picasso. La mía no es salida de un cuento, no se la pedí prestada a Osvaldo Soriano, ni tampoco se la robé a Charly García.
Es de mi propiedad porque, creo que acá coincidiremos, uno no necesita pedirle permiso a la musa para que lo deje hacer. Es más, en cada obra el autor la retribuye con la calidad del trabajo.
Y yo encontré a la mía, como pudieron apreciar unos párrafos arriba. Por mi carácter de periodista no voy a develar quién es, no quisiera traicionarla; a cambio, pienso escribirle sin rodeos, para que se entere, allá a lo lejos, que es mi fuente de inspiración primaria: Si escribo es porque la tengo presente, incluso hasta cuando escribo sobre deporte.
Difícilmente alguien pueda describirme qué es el amor entre personas. Infinidad de autores han intentado abordar el tema, pero sus ensayos carecen de amor, y terminan frivolizando un término tan bello como complejo.
Quienes lo explican mediante hechos generalmente se descuidan mientras aman, pero esbozan una sonrisa y dicen: “Es algo que no puedo explicar...golpea acá, agita el ama”, comentan, y se les nota el deseo irrefrenable de querer explicar lo inexplicable.
Shakespeare dejó morir a Romeo por amor; Flaubert hizo lo propio con Madame Bovary. El gueto de Varsovia aplastó la ilusión de los perseguidos judíos, que no dejaron de amar a pesar del atropello nazi. Apacible era el día que los hermanos Vicario mataron a Santiago Nasar: Angela lloraba de amor.
En la vereda de enfrente me encontré con París, y Hemingway me demostró que el amor no conoce de estamentos sociales, ni dictaduras del corazón, como las travesuras de la niña mala de Vargas Llosa.
Todos tuvieron y tienen a sus musas, que los predisponen de excelente manera al momento de tomar su pluma. Yo tengo a mi musa. Si cierro los ojos la recuerdo y si vuelvo a abrirlos la veo sentada en frente de mi cama, esperándome con todo su amor, dulzura y bondad.
Decía, yo tengo a mi musa. Y sobre el amor prefiero no escribir más. Sé que guarda mi pulsera roja, mis cartas y grabaciones.

jueves, 9 de julio de 2009

Ocho y veinticinco, parte III

Vestimos de blanco para la ocasión. El, en el lugar de siempre; yo, aferrado a la curiosidad que despierta el movimiento que produce la pantalla. Del otro lado está ella, su novia. Le pide por mensaje de texto que se conecte, que tiene sólo algunos minutos para charlar. Él baja corriendo las escaleras, enchufa su computadora a la fuente y se conecta.
Espera mientras sincroniza el procesador. Tuvo una noche fatal. La noticia más esperada y menos pretendida llegó a sus oídos hace unas cuantas horas. Se levantó cuatro veces en la noche a tomar agua. Empapado, decidió pegarse una ducha y volver a acostarse. Prendió la luz, se acomodó en su escritorio y continuó escribiendo la historia: “Capítulo dos. Esa noche en el río…”
Por fin la conozco. Lleva el pelo recogido, tiene una musculosa blanca y sus clásicos “mini shorts”. “No hay caso, no cambia más”, me mira y se ríe él. Comienzan a escribirse. Allá, en España, el calor no cesa, pero llueve desde el otro día.
Está pasmado. La observa con detenimiento, y ella le devuelve todo el amor con un solo gesto. Reacomoda la cámara web y se acerca lentamente hasta cubrirla de negro con un beso. “¿Te gustó? Extraño tus labios.” “Me encantó. Me gustaría poder decirte que te amo a los ojos. Quiero abrazarte, hacerte el amor como aquella primera vez, y también como la última.”
Se olvida de mi presencia. Clava la mirada en su pantalla nuevamente, y se sumerge en el mágico mundo su novia. Desde que se conocieron no hay día que no se escriban, que no se cuenten sus rutinas.
Vuelve a latirle con fuerza el corazón. Aunque ella no pueda verlo él le entrega besos al aire, y se anima a escribirle que sí, cuando ella le dice de irse a vivir juntos, a su regreso. Él le cuenta que ya está buscando departamento, pero le aclara que ronca de noche; a ella no le importa. Se ríen.
“No llores, va a estar todo bien”. El la tranquiliza con algunas frases. Le pide que lea sus cartas, que recuerde sus grabaciones; y le comenta que –omití esa información a ustedes – en sus reuniones de comité sus proyectos marchan bien.
Antes de ayer se fue a jugar al squash con un compañero de trabajo, y terminó por decirle que si pudiera dejaría todo por unos días y se iría a visitarla.
Ella, entre castillos y montañas, le reconoció a su amiga que lo extraña; ella asiente con la cabeza, como los amigos de él acá.
“Quedan cinco minutos”, le dice ella. “Nos queda toda la vida”, replica. Remata su frase diciéndole que no es necesario apresurar la vuelta. Prometió mantenerla informada, aunque aun no haya ocurrido nada.
Se vuelve a reír, han pasado cuarenta minutos y todavía no cae en sí. “Sos lo mejor que me pasó en la vida. Cuidate, porque si te llega a pasar algo yo no voy a poder seguir. ” Intenta la despedida forzosa, nuevamente, pero fracasa.
Me mira con ojos inquisidores, como maldiciéndome por entrometerme en su relación. Estuve todo el tiempo con Shakespeare en mis brazos; no hay lugar para reproches.
Resignado, se levanta de la silla. Lo veo con lágrimas en los ojos, pero me afirma que son de alegría. “Después de 11 días volví a verla a la cara, volví a recibir la bendición de su sonrisa, la magia de su mirada”.
Me dejó otro mensaje para ella. Dice que ya no quedan chocolates en su cesta, y que cada vez que se va a dormir se la lleva a ella, recostada sobre la cama de la habitación, regalándole la eternidad y el amor.

martes, 7 de julio de 2009

Ocho y veinticinco, parte II



Salió de su cama. Se levantó precipitadamente y volvió a su silla ¿Estaba en su silla? Ese momento lo pasé por alto. Sé lo que sucedió, sé lo que escribió, pero no recuerdo en dónde estaba.
No, no puede haber salido de su cuarto; todo está tal cual él lo dejó antes de acostarse en su cama. Yo mismo lo observé cerrar los ojos. Escasos minutos después de dormirse comenzó a respirar sobresaltado; yo lo vi, lo sentí. Me asusté cuando, de la nada, se sentó en la cama y gritó “no quiero ser hincha…”. Pero volvió a acostarse. Estaba soñando con ella, se los aseguro.
En su cuaderno guarda dibujos recientes. La primera hoja, apenas abro el cuaderno, me los muestra agarrados de la mano. El la besa de improvisto; ella se deja amar. Parece cristalina el agua, el cielo, las ideas: el alma.
Ahora sí logro atar los cabos sueltos. Está sentado, pero no en su silla; es otra, una distinta. No está cómodo, el bullicio de alrededor lo estorba, no lo deja pensar. “Servidor de mierda, justo ahora te venís a caer. Me dejaste con ganas de decirle todo lo que siento. Esta computadora conchuda…” Silencio.
Vuelve a reiniciarla, busca un álbum de Queen y se concentra en la pantalla. Está muy atento a sus espaldas, porque no quiere que nadie se inmiscuya en su carta. Sólo logro leer la primera línea: “Amor, buenas distancias nos separan los brazos, pero el corazón late a cada estímulo…” No me permite seguir observando.
Se va, intento leer algo; no hay caso, está bloqueado el ordenador. Lo veo de lejos, reboza de alegría, pero esconde algo en sus ojos; algo se está guardando. En su cajón hay pocas cosas: tarjetas, mapas, y algunas carpetas con anotaciones manuscritas.
En el segundo cajón está la llave del candado que tanto me impacienta: dos fotos de ella. Aparecen los dos juntos, abrazados él a la cintura de ella, ella se sostiene en su hombre. No podría asegurar en dónde están, parece una habitación de hotel. En la segunda está ella, solita, con los pelos revueltos por el viento de una playa abierta, de un cielo azul y frío, de un fin de semana mágico. Tiene escrito en el dorso de la foto unas líneas: “Amor, el tiempo es irreal, la distancia no existe. Estoy en Europa, pero estoy acá. Soy tuya, sólo tuya, para siempre tuya.” Firma ella, claro.
Se pasa alcohol por sus manos, busca el teclado y prosigue con su historia. Veo que le cuenta sobre sus proyectos, sus estudios, las salidas de fin de semana con sus amigos; le promete muchos viajes juntos, una cena de las que sabían darse y le comenta que ahí, en el sobre que ella se llevó en la cartera, hay un tesoro para que cuide. Quiere que la acompañe durante todo su viaje. Nunca explica qué es lo que le regaló, pero… “Entonces, prometeme que vas a seguir recorriendo con ganas, con pasión cada uno de los lugares que te propusiste. Acá estoy para vos, como me dejaste, pero con la certeza de que nuestra historia va a romper los límites del amor. No hay restricciones para amar, sobre todo cuando se entrega el corazón en a cada segundo sintiendo la devolución con sólo una mirada”.
Frena. No quiere embarrarse con palabras innecesarias. Desde aquí pretende que llegue su mensaje, sólo eso.
Apremiado por sus obligaciones, intenta una despedida forzosa, aunque no puede hacerlo. Se da vuelta, me sonríe. Supo desde el primer instante que yo estaba detrás de él, siguiendo su novela. Se tiene que ir, pero me vuelve a dejar un recado. No entendí muy bien de qué se trata, pero me pide que la llame a ella, y en voz baja, como si estuvieran abrazados y en la cama, le susurre “yo también te amo”.

viernes, 3 de julio de 2009

Ocho y veinticinco



"Estoy acá para vos" -le escuché decir hace un rato – "Aquí me encuentro, en mi habitación, escribiéndote unas pocas líneas para que te enteres de cuánto te extraño."
Comenzó su relato eufórico, pero no tanto. Estaba deseoso de oírla; esperaba que sonara el teléfono para atenderlo rápidamente y escuchar el lejano, maravilloso y armónico sonido de su voz.
Dos timbrazos: “Quería decirte que te amo, y pese a estar separados por miles de kilómetros sé que nuestro amor no conoce de fronteras”, balbuceó con timidez. Los dos minutos siguientes fueron una bella descripción de los paisajes, los lugares que recorrió todo ese día bajo el acechante rayo del sol.
“No intento preocuparte; si insisto con el hecho de extrañarte, fuera de entristecer, deberías saber que es la expresión más pura de amor que alguien pueda manifestar.” Intuyo que habrá querido decirle que él la extraña todo el tiempo, pero que es producto del amor que le tiene a ella. Es entendible, uno no puede despegarse rápida y fácilmente de aquello que ama.
Seguía concentrado en el teclado, con la mirada puesta en la pantalla de 10,1 pulgadas. Los ojos transmitían calidez, transparencia: sus ojos se mojaban con el soplido del aire quieto. El seguía concentrado en su discurso, intentando contarle a ella todo lo que siente, porque se lo prometió antes de que su novia pusiera un pie arriba del avión.
Pasaron doce minutos entre un párrafo y el otro. Sólo se levantó dos minutos de su silla, se dirigió a la pared y clavó la vista en el centro de su corcho. Allí estaba ella. Reconozco que no me había percatado de su presencia, pero era sumamente grande: ocupaba el centro y también los alrededores.
Es bellísima, ahora lo sé. Ahora entiendo por qué él quiere estar presente sin importar de qué manera. La observa detenidamente, le da un beso y ella le responde con una sonrisa mágica: esa mueca era todo lo que él necesitaba. Estira sus dedos y los pasa por sobre su cabellera, y le dice que la ama; le dice: “dame 365 días, yo voy a ponerles vida. ”
Se está haciendo de día. La noche despide a la luna que, en este lado del Ecuador, todavía sigue destellando su luz: “Ya te conté qué planes tengo para cuando regreses, pero quiero despedirme tratando de que, al leer mi historia, sepas verdaderamente que el amor que siento por vos es la expresión de deseo más viva que crispa aquí adentro. Que el espacio es ficticio cuando puedo mirarte a la distancia y convencerte de que ya no soy yo, sino que mi yo tiene a cada instante un poco más de vos. Entonces vos y yo vamos de la mano.”
Se desvanece. No quiere dejar de escribir. Le toco la espalda, pero no logro sacarlo de su máquina. Su hoja de Word sólo remite a ella. “Con esto me despido”, espeta. Lo veo extenuado, pero comienza a escribir sus últimas líneas.
“No hay paredes ni fronteras que puedan con el amor. Lo que construimos con pasión nunca nadie va a poder vulnerarlo. Tu nombre y el mío encontraron el libro de las historias, y hace 8 meses comenzamos a escribir la más bella de todas”.
Dejó su computadora y se acostó a dormir. Me pidió que les dijera que se siente mucho mejor. Ahora sabe que ella leyó su carta. Ahora sabe que Europa está acá a la vuelta. Ahora creció, y se hizo hombre para ella.

lunes, 22 de junio de 2009

Gabriela, que es Macri, es de derecha

Los invito a que visiten la página de Rubén Morales: http://publicidadpolitica.com.ar
Deténganse por un instante en la fotografía que acompaña al texto. Pobre Gabriela, que es Michetti, la que mira fijo, mientras el camión de Frávega se tiñe de antiguo.

Gabriela Michetti, te pido me digas si vos estuviste de acuerdo en sacar este afiche a las calles. Al fin y al cabo, 6 días antes de los comicios caí en la cuenta de que vos también sos PRO. Qué desilusión, Gaby. Si te viera tu vieja, allá en “Olava”, donde corrías y cantabas de chiquita… pobre vieja, Gabriela.
No sé por qué me sorprendo. Reconozco haberme dado cuenta tarde de tu inclinación política, de tu amor por Jaimito Durán Barba; me frustra imaginar el almacén de mi esquina reconvertido en imperio capitalista: “Víctor y Mabel, la tradición suprema.”
¿Coto también financia la campaña, Gaby? Imaginate la siguiente leyenda: “Las vacas fueron terneros, los terneros no llegan a vacas.”
La prueba cabal de la derecha unida. Siempre apostando al enriquecimiento de los más grandes. Siempre, decía, en detrimento de la humillación de los más chicos. Siempre, cortando la torta en dos o tres pedazos
Qué pena, Gabriela. Qué pena…

lunes, 8 de junio de 2009

Ojota con el Pejota

Lunes, casi de madrugada. Me levanto sobresaltado, exhausto; hay una idea que ronda en mi cabeza y no me permite conciliar el sueño. Me mal digo, doy vueltas a la cama, me tapo con la almohada, pero nada; no hay caso, no me voy a poder dormir.
Bajo las escaleras, me tropiezo con perro y, en el afán de querer conservar la estabilidad, golpeo al cuadro de ese pintor renacentista. No me vayas a pedir el nombre porque no lo sé. Bah, en realidad sí lo sé: se llama Rafael Sanzio, aunque me importa un carajo cómo se llama y qué escuela fundó. Si le peleó el primer lugar a Miguel Angel, a Da Vinci o a Botticelli; si superó a su maestro, Pietro Vannucci (El Perugino), o si Roma fue su principio del fin.
Clásicos son los de ahora: River- Boca, Vélez - De la V., o De Narváez - Kirchner. Aquí están, éstos son, Argentina es un bajón... Sí, chicos, detengámos en la última categoría de relacionables. A ver ustedes, queridos colegas de los grandes medios ¿Desde cuándo se hace una distinción entre PJ 1 y PJ 2? No existe una diferencia entre el Kirchnerismo y los disidentes: Todos son el Pejota, muchachos.
Son un músuculo que funciona por acción y respuesta. Se contraen en los momentos complicados, pero lanzan grandes dádivas en tiempos de bonanza.
Reitero: El peronismo no va a permitir una derrota. El poder omnímodo que viene abrazando desde el 89'(hago una división histórica entre períodos) es el que demuestra que tienen una sinergia inclaudicable, una renovación fugaz.
Son lo mismo. Kirchner, De Narváez, Solá: Si les es políticamente conveniente, estarán abrazados después del 28 de junio, pensando ya en el 2011. Hoy, en Olivos no se toma Champán, pero se saborean unos riquísimos corderos patagónicos.
No hay tiempo para gobernar porque hay que ganar, y las victorias se consiguen con dedicación y perseverancia.
Y me desvelé, no lo puedo creer. Lunes a la mañana, ya rugen los informativos al compás de los afilados dientes pejotistas: Quedan 20 días, dejá tu voto.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Hasta el "jonca" no paramos



“Y dicen que soy aburrido.” Sucede que soy aburrido porque no me conocen, pero si lo hicieran sabrían que “no los voy a defraudar”. Qué lejos quedaron estas inocentes muletillas de campaña que reposan dentro de nuestro imaginario social. Qué vagas resuenan en “la Rosada” las frases de De la Rúa y Menem.
El informativo de las 6:30 dice que Rivas - sí Jorge Rivas, el ex vicejefe de Gobierno quien fuera asaltado y baleado en Lomas de Zamora en noviembre de 2007 - hoy retoma sus actividades: Jura como diputado de la Nación, por la banca que consiguió en aquel año.
El proceso de recuperación del socialista K es lento, aunque lo hace sin pausa y animosidad. Está cuadripléjico, tiene dificultades para expresarse verbalmente, y se comunica a través de una computadora. No pretendo describir su estado de salud, sólo reflexionar acerca del regreso al trabajo, a la política, de una persona disminuida físicamente: Un peón kirchnerista devenido inesperadamente en alfil.
Decía, en un clima de campaña feroz donde cualquier carta, inclusive la mentira y el desprestigio, vale como un comodín ante una situación sofocante, Rivas no estará exento de los flashes y las peleas por ver quién se arrodilla más rápido y cómo queda ubicado a su lado: Será la tapa de muchos diarios hasta el 28 de junio.
Jorge Rivas será un objeto. El oficialismo lo utilizará para levantar la alicaída imagen de un gobierno que se viene destartalando a un ritmo vertiginoso. El flamante diputado devolverá, tras largas horas de investigación en el laboratorio K, la necesidad al pueblo de creer que, tanto Cristina como Néstor, son el pueblo mismo.
Fue Gabriela Michetti en 2007. Su condición de paralítica sensibilizó la imagen de un duro Mauricio Macri. De hecho, el combo Macri - Michetti estuvo perfectamente hilvanado desde que ella comenzó a aparecer junto a él en cada uno de los actos de campaña. Inclusive, el ex presidente de Boca logró crear una sensación de igualdad en los porteños: “Mauricio, que es Macri…” Llegó a imponer al nombre de pila por sobre el apellido. La calidez del “Mauricio” por sobre el difuso que acarrea su apellido, pero siempre bajo la figura humanizadora de Gabriela.
Hoy, a cuarenta días de las Legislativas, los artilugios de campaña parecer ir en la misma dirección, sin importar la bandera tras la que se muestran: Reforzar ideas, incluir figuras que poco saben de política, pero refieren a ésta y traccionan votos del más plural abanico ideológico.
El oficialismo movió rápido las fichas: Nacha Guevara en su rol de Evita, peinada, vestida y preparada para actuar en éste escenario político. Marcela “la tigresa” Acuña como la mujer de llano, la que siente el calor del pueblo, la acuciante realidad de los lugares rezagados del cordón bonaerense y tiene “la fuerza” para poner orden.
De Narváez, en tanto, ubicó a Claudia Rucci, hija del ex secretario General de la Confederación General del Trabajo (CGT), asesinado presuntamente por los montoneros en 1973, como número tres de su lista.
La necesidad de mostrarse más peronista que el propio Perón los llevó a actuar con celeridad. Veremos luego, pasado el 28 de junio, si la actriz que encarnó la figura de Eva Duarte o la hija del más fiel de los discípulos del General Juan Domingo, logran quedarse con el primer lugar.
Quedan cuarenta días para las elecciones, y los políticos sufren porque el “Gran Cuñado” de Tinelli puede hundirlos o, en menor medida, catapultarlos al éxito. El gran cuñado, Nacha Guevara, la Tigresa Acuña, Claudio Morgado, ¿Víctor Laplace?: ¿Qué político podrá vestir el traje de Martín Fierro con mayor prestancia?

miércoles, 22 de abril de 2009

Efímero y fugaz

Escribir algo en 5 minutos. El tiempo que tardamos en tomarnos un Té, como profesa la virginia publicidad de nuestro litoral.
Los que dicen que escribir corto es tarea de los diarios sepan que están confundidos: También es una premisa cibernética. En realidad, la dificultad al escribir no está en el tiempo que destinamos a teclear, sino la idea que, saliendo de nuestro cerebro, avanza a una velocidad inimaginable para plasmarse, ahora sí, en las teclas de nuestras computadoras.
Estoy verdaderamente en contra de la gente que no le pone un freno a sus ideas, y esquiva las comas, los puntos, confunde la Z con la C y la S, y se lleva puesto los signos de preguntas.
Tenemos que escribir rápido. La vida tiene que ser rápida. Arrancar una oración y llegar hasta el final de ella tiene que ser rápido, porque quien está del otro lado se aburre y nos censura.
Vulgarmente rápido, porque ya no se trata sólo de escribir de forma elocuente, conservando el lenguaje y resumiendo las ideas; a los cinco minutos que destino para mi publicación tengo que agregarle palabras soeces. Tengo que suprimirlas, porque en vez de escribir la palabra qué es “mejor” reemplazarla por la k.
Es más, no sé por qué, en vez de estar escribiendo, no me encuentro subiendo mi álbum de fotos al Facebook. Claro, si una imagen vale más que mil palabras, en cinco minutos- segundo más, segundo menos- puedo ver unas 60 fotos: 60 fotos en cinco minutos valen más que…Hasta acá llegó mi amor por las matemáticas; aparte, disculpen la molestia, pero me excedí unos 15 minutos en el tiempo pautado, y me enferma la impuntualidad.
Nada de todo lo que dije quedó muy claro, ¿no? Tranquilos, la foto que sigue al pie de la nota podrá representar aun mejor mi idea.

viernes, 27 de marzo de 2009

El resumen palladito...

Los K metieron 42,
26 la oposición.
Molesta estaba la vaca,
que implora una nueva sesión.

Aguarde usted indiscreto,
las riendas las tengo yo,
Furioso estaba Pichetto,
porque Cobos los retó.



Matices tiene el PeJota,
Colores la oposición,
Bonaerense asoma la cabellera,
de Francisco "el retador".

Riquelme dio marcha atrás,
Diego acaparó la atención.
Un LIO sin otro impás,
El 10, único barón,
"Muchchos, la cosa es clara:"El que renuncia no vuelve más."

Obama está tranquilo,
atiende en alza su Gobierno,
desde Europa lo fustigan,
"Mr. danger" fue siniesto.

viernes, 6 de febrero de 2009

La insoportable levedad del ser


Volví. Así como por arte de magia decidí regresar, volver a las bases. Sí, quise volver a las bases porque tengo 100 mil rancheros y otros tantos de miles de millones de adeptos. Soy muy popular, señor, señora. Ustedes me conocen, saben exactamente quién soy. Sólo voy a darles algunos indicios. Saben que hasta hace un año no me conocía ni mi hermano. Iba de aquí para allá, a la deriva, siempre arriba de mi cosechadora, mi fiel amiga.
Gracias a Martín, un amigo que no conocía y tampoco lo descubrí en Facebook, me hice grandioso. Conseguí una gran popularidad, y en el barrio todos se abrían paso cuando me veían llegar.

Mi paso era cansino; en realidad, acá llevábamos una vida muy sedentaria, y la verdad no nos preocupábamos por lo que sucedía al otro lado del puente. Vamos a decir la verdad, nunca, ni mamado, pensé en arrodillarme ante otro: muerto me van a tener que sacar de acá. Lo mío se encausa en otro río, en el de la batalla, el enfrentamiento: soy guapo.
Desde que me volví popular vivo recorriendo mi país. El campo, la humedad de la tierra que se inmiscuye en mis venas. Nací en la tierra, me crié en la tierra. Ahhhhh… Es la tierra de mi patria, mi grano de amor que crece en el país del norte, pero que pienso defender con el corazón, para que no sufra ese desarraigo capitalista.
Era inculto, pero cambié. Ahora desafío desde el atril. Ellos me miran con miedo, por lo menos con respeto. Saben que mis seguidores me admiran, y por eso tiemblan cuando ven mi rostro en un diario, escuchan mi nombre en una radio; hasta cuando tienen sexo, porque soy yo, pero también es mi grano el que se les mete en el medio de ahí…
Vuelvo a la carga, renovado. Sórdidos son mis planes, funestas y espurias mis intenciones. Ricos y pobres se pelean por tenerme, todos me aman. El problema fue no aprender a conformarme con menos de lo que creí ser, y sé, muy a mi pesar, que estoy destinado al oprobio y el fracaso.

miércoles, 21 de enero de 2009

Acá también hay verano


Debo reconocer que es la primera vez, luego de casi una década de festines y bombazos de arena, que me quedo en enero en baires. Sí, produciendo. El trabajo nos llama; las obligaciones van in crescendo, diría un filósofo amigo de una bodega del barrio. En realidad, creo estar descubriendo la Buenos Aires no PRO: Salir a tomar mate al Río, correr por la costa de Martínez y San Isidro; tomarme un colectivo, mirá qué acto tan sencillo, y no sentir el avasallamiento del tipo de al lado - que sudado hasta allá. Sí, allá donde la espalda cambia de nombre-, te batalla codo a codo el asiento de atrás. El único asiento libre, el que todos detestan porque es el más cercano al motor. Pero está bueno, porque nadie corre.
Se respira un clima de tranquilidad. Hasta los perros, esos gruñones que parecieran comerte cuando los cruzás por la vereda, están en calma. ¿Falsa calma? No, qué va. Parsimonia. El perro descansa al lado del amo. Agacha el hocico, se gurda las orejas entre el lomo y las patas, saca la lengua y descansa, duerme: Está tranquilo.
Así está la ciudad. El diariero se toma su tiempo. Ya no entrega el matutino a las 6:35, sino que lo lanza pasaditas las 7, cuando los periodistas ya están metidos de lleno en los temas del día.
Che, y hablando un poquito de las noticias: ¿qué se cuenta por la zona de Constitución, o Palermo Hollywood? Ufff!! Lo único que garpa son los móviles en la Costa. Siempre los mismos, obvio. Esa bendita “cola Reef” que sólo le pertenece a los organizadores, las vedettes que se matan por un espacio en la pantalla chica, porque no las va a ver ni el sereno del teatro. Pero, que más podríamos pedir. Sabemos qué es de la vida de Marcelito Hugo, River y Boca juegan allá, mientras el resto disfruta de la lluvia de residuos caribeños de la Bristol, o de los cuerpos desnudos de Playa Franca.
Acá nos conformamos con una palangana con cubitos, porque la media siempre pasa los 30 grados. Al que labura, en mi caso, Dios no lo ayuda (también están los agnósticos que pueden adjudicarle el pergamino de puteadas a algún otro dios pagano). El aire acondicionado se rompe, el techo parece un planisferio. Acá, en la mancha que tengo justo encima de mi cabeza, logro vislumbrar a los europeos emponchados hasta la mandíbula, y Tico, mi compañero, baila al compás de su mancha australiana, que deja entrever el alboroto de gente girando la cabeza de un lado hacia otro: David está “out”, me acaba de comentar Tico.
En fin, la primera vez cuesta, duele, pero siempre tiene su costado positivo. Por lo menos ahora tardo quince minutos menos para llegar al trabajo. Ah, y en ojotas.

martes, 6 de enero de 2009

CASINO

Rueda de Casino: CASINO. ¿Vistoso?


lunes, 5 de enero de 2009

El "Times" de los avisos en tapa


Algún día iba a pasar. La crisis se ensañó con el periodismo, y le pegó de lleno a uno de los monstruos más grande de la información.
Cuando el billete le apunta al estilo...


LA NACION - 5 de enero de 2009.
NUEVA YORK.- El prestigioso diario norteamericano The New York Times publicó hoy por primera vez en su portada un anuncio publicitario, como una estrategia para hacer frente a la fuerte caída de los ingresos que vive la prensa de Estados Unidos.

"Esta ubicación de gran impacto representa una nueva y excitante oportunidad para nuestros anunciantes´´, señaló Denise Warren, director de publicidad para The New York Times Media Group.

El primer anuncio, que aparece hoy al pie de la primera página de la edición impresa del diario, es de la cadena de televisión CBS, aunque ninguna de las dos partes quiso hacer público cuánto se pagó por su publicación.

Desde 2006, el diario publica anuncios en las portadas de algunos de sus suplementos.

El anuncio en primera página de hoy ocupa todo el ancho del diario, es en color y está situado en la parte más baja de la página, debajo del índice de las noticias más importantes.

La medida adoptada por el diario se suma a otras muchas emprendidas por ese y otros medios de comunicación para recortar gastos y afrontar mejor tanto los retos propios de la prensa escrita como los efectos de la crisis financiera en sus cuentas.

Las ventas por publicidad del grupo, el tercer mayor editor de periódicos del país -entre ellos The International Herald Tribune y The Boston Globe-, cayeron en noviembre un 21% respecto al mismo mes del año anterior.

La continua caída de los ingresos por publicidad motivó también que la compañía estudie vender su participación en el equipo de béisbol Red Sox, de Boston, publicó en su día la prensa local, entre otras medidas.

Cuando hace dos años The Wall Street Journal, el diario económico controlado por el magnate Rupert Murdoch, empezó a publicar publicidad en su portada, los trabajadores protestaron y alegaron que las primeras páginas de los rotativos debían limitarse a la información.

Sin embargo, cada vez son más los diarios que incluyen publicidad en su portada, entre ellos el periódico de mayor circulación del país, USA Today.

El dato. The New York Times cuenta con una media de 2,8 millones de lectores diarios, aunque esa cantidad asciende a 4,2 millones los domingos, lo que lo convierte en el diario más leído de Estados Unidos entre los que se editan durante los siete días de la semana.


viernes, 2 de enero de 2009

2 + 0 + 0 + ¿9?

Llegó el 2009, y con él la corrosión propia de una estructura vituperada, vilipendiada: El Ejecutivo arde en llamas.
Es un año de decisiones, donde el oficilismo pone en juego algo más que la mitad de las bancas legislativas: Se juega la cabeza, tiro por elevación mediante, de las presidenciales del 2011.
Es bueno hacer memoria. Para ello, decidí reflotar un artículo del diario La Nación, que, por la fecha de publicación, parece ser peronista pero lejos está de conseguirlo.
En un clima de recesión mundial, la Argentina demostró no estár excenta de los malestares financieros del resto del globo. Los coletazos de la crisis nos han golpeado bien profundo: La zoja alcanzó su nivel más bajo a fin de año (290 dólares la tonelada), luego de tocar los 630 dólares, allá por julio, cuando otro Julio (y no De Vido) no lo vio Todo Positivo, y le bajó el pulgar a la R. 125.
Algunos síntomas ulcerosos comienzan a perforar nuestro frágil intestino; la raditidina hoy nos mantiene a salvo, pero no demos por sentado que la enfermedad no se pueda tornarse crónica. En tal caso, el ejemplo servirá para que Eduardo Galeano escriba en un futuro "Las venas abiertas de un país latino que mira al viejo continente, volumen 2.0".




16 de octubre de 2008
Según el texto votado ayer en la Cámara baja, se modifica la Carta Orgánica del Banco Central para permitir ampliar los adelantos al Tesoro para permitir el pago de obligaciones con organismos multilaterales de crédito.

El proyecto aprobado ayer en Diputados prevé un crecimiento del PBI del 4%

Los Diputados aprobaron una vez más los polémicos superpoderes, que delegan en el jefe de Gabinete la reasignación de partidas presupuestarias.

La pauta de inflación para el año próximo es del 8 por ciento.

El tipo de cambio estimado fue fijado en $3,19 por dólar.

La iniciativa prevé un superávit fiscal primario del 3,27 por ciento.

El presupuesto global para 2009 es de 233.817 millones de pesos, un 15 por ciento más que el de este año.

El Ejecutivo estima para el año próximo una recaudación de 329.537 millones de pesos, un 16% más que en 2008.