Llevo un mes y medio sentado en mi silla, apoyando los codos sobre el escritorio; retrospectivamente, miro lo escrito en esas primeras publicaciones, cuando todavía la distancia no era más que unos pocos kilómetros. A las ocho y veinticinco llegaba la inspiración, justamente a la hora que me dormí ese primer día, cuando de su boca saqué ese primer dulce beso; fue aquella vez que sentí el calor de sus labios mezclarse con los míos, y comenzar a rozar su cintura hechizó la historia, paró el reloj del tiempo e iluminó al bólido de cuatro ruedas: la magia se hizo presente, la historia comenzó a escribirse.
Ocho y veinticinco me dormí, pensando una y otra vez en ella, en su cara limpia, en su cuerpo esculpido, en la suavidad de su piel. Estaba tan desencajado que ocho y veinticinco, dos horas y cuarenta minutos después de saludarla desde mi ventanilla del auto mientras le hablaba por celular, cerré los ojos para levantarme con una sola certeza: la volvería a ver muy pronto, y otra vez, y muchas veces más. Lo que me había encantado no tenía nombre, pero de a poco comenzaría a descubrirlo.
La observé mientras charlaba con Miró, y un rato más tarde ideaba un ensayo para comentar el encuentro. Volví a encontrarla impoluta, ahora tomando sol en alguna playa del Mediterráneo, vaya uno a saber dónde, hasta que dejé verla, pero no de sentirla.
Estuvo lejos en algún que otro pasaje, quizás llevada por el placer del viaje en sí, quizás por las amistades del momento, lo cierto es que nunca dejó de golpearme el pecho para pedirme cobijo. La dejé entrar todas las noches, todos los días, en cada una de mis actividades.
Comprobé que el castillo se construye de a un ladrillo por vez, pero de a dos, poniendo el cemento y usando la escuadra, para sellar el pacto más fraterno de la humanidad: el amor.
Volví a verla en Berlín, directamente con una prueba cabal de amor. Allí estábamos los dos, ella y mi nombre, indirectamente, yo. En la delgada línea que separa una parte infranqueable de la historia viven nuestras iniciales, y ahora minimizo mi pantalla para poder contemplarla, y la acaricio, la beso, la miro todos los días antes de acostarme, y le cuento cuáles son mis novedades.
Cuántos sentimientos encontrados, algunos que aún persisten en la cabeza, y otros que poco a poco van quedado marginados: euforia, tristeza, soledad, ambición, deseo, pasión. “Los que hacen mal”, me decía mi abuela,”dejalos a un lado, que no estorben. Es corto el tiempo en que estamos, y la vida se trata de eso, de vivir. Si es tu verdadero amor esperala, y disfrutala mucho cuando vuelva. Sos tan joven, hacen una pareja formidable. Animate a vivir, y agarrala de la mano para que sienta que a su lado impera la seguridad de un hombre que tiene amor y proyectos, y que ella es la única que encaja en ambos.”
La llamo todas las mañanas, incluso me animo a hablar en italiano con el mozo de la esquina, para que le cuente cómo se vive en la rutina, mientras la cabeza se va por allá. Cuando caigo en mí siempre estoy en este escritorio, inspirándome con ese fin de semana glorioso, imaginando mi futuro ligado al de ella.
Cada vez falta menos, y como un niño espero junto a la ventana. Pasan uno a uno los días, y mi cabeza la encuentra desnuda, estirada sobre una lona en la playa de siempre. Ahí me acerco, le susurro al oído y comienzo a besarle la espalda, me voy hasta abajo y comienzo a sentir que su respiración es cada vez más fuerte. Cierra los ojos y aprieta sus labios contra la lona, mientras entrelazamos nuestras manos y su cadera comienza a hundirse en la arena. Una y otra vez, giro la cabeza y estamos solos, entonces la doy vuelta, la miro a los ojos y la siento tan cerca que sólo puedo decirle que la amo. Veo que una lágrima le corre por la mejilla derecha. Alcanzo a secarla, y la abrazo fuerte, como si quisiera recuperar tantos abrazos lejanos, y me vuelvo a separar diciéndole que cada vez falta menos y me siento mucho mejor. Que ese castillo de un solo ladrillo ya tiene forma, y está más fuerte que nunca.
Punto y aparte, son las ocho y veinticinco, el horario en que la musa vuelve a nacer, el momento en que el sol pega en la cara y dibuja su rostro en el cielo. Es ella, yo lo sé, y no necesito nada más.
"Lo único que necesito para hacer reír a la gente es un parque, un policía y una chica guapa", Charles Chaplin
miércoles, 12 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
TU FOTO VALE MÁS QUE MIL PALABRAS
¿Alguna vez sentiste que al ver a una fotografía te quedás sin palabras?
En el nuevo milenio, las nuevas tecnologías son una foto constante, tan efímeras como fugaces. Llegan tan rápido que desaparecen con la misma velocidad; pero, les aseguro, si yo escribo de esta foto en particular es porque verdaderamente vale la pena detenerse un momento y contemplar semejante obra de arte. Porque esta imagen se quedó, no siguió avanzando.
Arte. Qué poco sé de arte. A quién le importa el arte cuando frente a sus ojos tiene la prueba de amor que tanto ansiaba; hacía un tiempito, digamos algunas semanas, que esperaba se le apareciera de alguna manera; y así fue, porque el domingo pasado se levantó y la vio en cuclillas, con un pincel de brocha fina en la mano dibujando su historia. Estaba allí, tan hermosa como impactante, mirando a la cámara como queriendo decirle “acá está mi prueba de amor. En este metro cuadrado de asfalto dejo estampadas nuestras ilusiones; y es acá desde donde quiero que sepas que mi amor tampoco se desvanece. Muy por el contrario, ya no encuentro la manera de decirte cuánto te amo”. No hace falta que digas más nada, porque con sólo mirarte, disfrutarte, saber que estás más hermosa que nunca, confirmás que vos estás ahí, pero tenés tu corazón acá, junto al mío.
Una obra de arte es tenerte acá, porque cada vez que levanto la cabeza y te veo con ese hermoso rodete, con tu piel tostada, con ese color negro que tan bien te sienta, me doy cuenta de que cada vez falta menos.
En cierto momento te enojás, no logro entender muy bien por qué; estás tan magnífica como altiva. Comienzo a sentir que sube el calor, quiero transportarme para tenerte en mis brazos, para poder descubrir cuán magnánimo es el mundo a tu lado. Los días se suceden unos a otros, pero siempre encuentro el momento para volverte a mirar, para construir este castillo de ilusiones que vos acabás de dejar atrás. No uno sino muchos, todos los que comenzaremos a edificar juntos.
Te paraste, estiraste tus brazos, y el color sepia te vuelve increíble. Tu figura describe el conjuro de amor y pasión que mantenemos. A tu lado las inscripciones quedan sin efecto, porque la historia se cae con sólo observarte.
Son momentos. Cada imagen es un momento, que a su vez construye otro momento más grande, y que será imborrable. Reformulo la pregunta: Si la fotografía describe un momento, ¿por qué me quedo sin palabras cuando te veo sonreír, respirar; vivir tu vida con tanta pasión, sin exigir más nada que amor?
La historia, te decía, comienza a escribirse todos los días. Con una fotografía, un llamado telefónico o, simplemente, una mano encima de la otra. La historia ya tiene nombre, y será la lágrima de alegría de los nietos, bisnietos y todos los que nos sucedan, porque nuestra historia comenzó a dejar pinceladas de amor en todo el mundo: con tus manos, con tu corazón, con nuestra vida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)