martes, 22 de septiembre de 2009

El viaje del principio soñado



Programaba los viajes con cierta anticipación. Quizás no tanta, o sí, no lo sé. La suficiente como para poder cargar algunas pilchas, los documentos y un poco de plata. Requisitos ineludibles para encarar la travesía que estaba por venir.

Fue la selva amazónica la que me conquistó la cabeza, me atrapó con sus lianas e inclusive, con el peligro que significaba ser carne de cañón para las kilométricas serpientes que se camuflaban con las ramas de los árboles.

Más tardé viré a pequeño burgués; me volví terrenal en las formas y capitalista en los bolsillos, para transitar por las calles de Cancún rodeado de alcohol, sol, más sol y, claro, mucho, pero mucho más alcohol. De hecho, fue al segundo día de viaje, apenas comenzada la excursión al país azteca, en la que me rebané el talón izquierdo, mientras intentaba pegarle a una pelota de volley al tiempo que degustaba un exquisito Margarita mexicano: una idiotez, lo sé, pero fui cambiando. Quizás hasta logré perfeccionarme, o lo que yo llamo perfección no es más que el paso del tiempo crudo, ese que nos va puliendo mientras desnuda las imperfecciones de nuestro propio cuerpo, nuestra alma.

Fue el último viaje el que terminó por deslumbrarme. En ese viaje sucumbí ante esa perfección de la humanidad. Sartre se hubiera quitado la boina para aplaudir su existencialismo más primitivo; hasta lo imaginé entablando una conversación con Afrodita, menudo discernimiento filosófico, felicitándola por tal creatura.

No les contaré cuándo comenzó, porque alcanza con saber que una madrugada de lluvia hubo unas pilchas, unos documentos y también, un bolso cargado de pergaminos que auguraban el último primer viaje.

Como dice el diccionario, en ese viaje se encendió el fuego interior, la lumbre, sólo que de forma involuntaria. Allí comprendí el verdadero sentido de vivir. Allí, les comentaba, se comenzó a vivar el fuego: primero con una leve soplido, luego a pecho abierto, para llegar al punto en que dos bocas, dos cuerpos y dos almas se juntaron para soplar al mismo tiempo, con igual intensidad, para mirarse de reojo y entrelazar sus manos.

Al día siguiente, ya era el segundo, levantáronse uno al lado del otro. Allí no hubo paisajes que describir ni terceros entrometidos; sólo dos, siempre dos y una línea recta al final del camino. Una línea que no describe horizontes, pero con cada puesta del sol, mientras se va tornando anaranjado, ellos frenan para mirarse, para quitarse mutuamente el pelo de la cara, para abrazarse y recostarse al costado del camino.

Ya no importan las serpientes, los pequeños burgueses y el resto de los personalismos que supieron ser y atrás quedaron, porque ahora sólo interesan dos manos, dos cuerpos, dos vidas fundidas en una. Una sola repleta de incertidumbres, pero, como les contaba hace instantes, con un sol anaranjado que se funde en un beso cada tarde.