Vestimos de blanco para la ocasión. El, en el lugar de siempre; yo, aferrado a la curiosidad que despierta el movimiento que produce la pantalla. Del otro lado está ella, su novia. Le pide por mensaje de texto que se conecte, que tiene sólo algunos minutos para charlar. Él baja corriendo las escaleras, enchufa su computadora a la fuente y se conecta.
Espera mientras sincroniza el procesador. Tuvo una noche fatal. La noticia más esperada y menos pretendida llegó a sus oídos hace unas cuantas horas. Se levantó cuatro veces en la noche a tomar agua. Empapado, decidió pegarse una ducha y volver a acostarse. Prendió la luz, se acomodó en su escritorio y continuó escribiendo la historia: “Capítulo dos. Esa noche en el río…”
Por fin la conozco. Lleva el pelo recogido, tiene una musculosa blanca y sus clásicos “mini shorts”. “No hay caso, no cambia más”, me mira y se ríe él. Comienzan a escribirse. Allá, en España, el calor no cesa, pero llueve desde el otro día.
Está pasmado. La observa con detenimiento, y ella le devuelve todo el amor con un solo gesto. Reacomoda la cámara web y se acerca lentamente hasta cubrirla de negro con un beso. “¿Te gustó? Extraño tus labios.” “Me encantó. Me gustaría poder decirte que te amo a los ojos. Quiero abrazarte, hacerte el amor como aquella primera vez, y también como la última.”
Se olvida de mi presencia. Clava la mirada en su pantalla nuevamente, y se sumerge en el mágico mundo su novia. Desde que se conocieron no hay día que no se escriban, que no se cuenten sus rutinas.
Vuelve a latirle con fuerza el corazón. Aunque ella no pueda verlo él le entrega besos al aire, y se anima a escribirle que sí, cuando ella le dice de irse a vivir juntos, a su regreso. Él le cuenta que ya está buscando departamento, pero le aclara que ronca de noche; a ella no le importa. Se ríen.
“No llores, va a estar todo bien”. El la tranquiliza con algunas frases. Le pide que lea sus cartas, que recuerde sus grabaciones; y le comenta que –omití esa información a ustedes – en sus reuniones de comité sus proyectos marchan bien.
Antes de ayer se fue a jugar al squash con un compañero de trabajo, y terminó por decirle que si pudiera dejaría todo por unos días y se iría a visitarla.
Ella, entre castillos y montañas, le reconoció a su amiga que lo extraña; ella asiente con la cabeza, como los amigos de él acá.
“Quedan cinco minutos”, le dice ella. “Nos queda toda la vida”, replica. Remata su frase diciéndole que no es necesario apresurar la vuelta. Prometió mantenerla informada, aunque aun no haya ocurrido nada.
Se vuelve a reír, han pasado cuarenta minutos y todavía no cae en sí. “Sos lo mejor que me pasó en la vida. Cuidate, porque si te llega a pasar algo yo no voy a poder seguir. ” Intenta la despedida forzosa, nuevamente, pero fracasa.
Me mira con ojos inquisidores, como maldiciéndome por entrometerme en su relación. Estuve todo el tiempo con Shakespeare en mis brazos; no hay lugar para reproches.
Resignado, se levanta de la silla. Lo veo con lágrimas en los ojos, pero me afirma que son de alegría. “Después de 11 días volví a verla a la cara, volví a recibir la bendición de su sonrisa, la magia de su mirada”.
Me dejó otro mensaje para ella. Dice que ya no quedan chocolates en su cesta, y que cada vez que se va a dormir se la lleva a ella, recostada sobre la cama de la habitación, regalándole la eternidad y el amor.
"Lo único que necesito para hacer reír a la gente es un parque, un policía y una chica guapa", Charles Chaplin
jueves, 9 de julio de 2009
martes, 7 de julio de 2009
Ocho y veinticinco, parte II
Salió de su cama. Se levantó precipitadamente y volvió a su silla ¿Estaba en su silla? Ese momento lo pasé por alto. Sé lo que sucedió, sé lo que escribió, pero no recuerdo en dónde estaba.
No, no puede haber salido de su cuarto; todo está tal cual él lo dejó antes de acostarse en su cama. Yo mismo lo observé cerrar los ojos. Escasos minutos después de dormirse comenzó a respirar sobresaltado; yo lo vi, lo sentí. Me asusté cuando, de la nada, se sentó en la cama y gritó “no quiero ser hincha…”. Pero volvió a acostarse. Estaba soñando con ella, se los aseguro.
En su cuaderno guarda dibujos recientes. La primera hoja, apenas abro el cuaderno, me los muestra agarrados de la mano. El la besa de improvisto; ella se deja amar. Parece cristalina el agua, el cielo, las ideas: el alma.
Ahora sí logro atar los cabos sueltos. Está sentado, pero no en su silla; es otra, una distinta. No está cómodo, el bullicio de alrededor lo estorba, no lo deja pensar. “Servidor de mierda, justo ahora te venís a caer. Me dejaste con ganas de decirle todo lo que siento. Esta computadora conchuda…” Silencio.
Vuelve a reiniciarla, busca un álbum de Queen y se concentra en la pantalla. Está muy atento a sus espaldas, porque no quiere que nadie se inmiscuya en su carta. Sólo logro leer la primera línea: “Amor, buenas distancias nos separan los brazos, pero el corazón late a cada estímulo…” No me permite seguir observando.
Se va, intento leer algo; no hay caso, está bloqueado el ordenador. Lo veo de lejos, reboza de alegría, pero esconde algo en sus ojos; algo se está guardando. En su cajón hay pocas cosas: tarjetas, mapas, y algunas carpetas con anotaciones manuscritas.
En el segundo cajón está la llave del candado que tanto me impacienta: dos fotos de ella. Aparecen los dos juntos, abrazados él a la cintura de ella, ella se sostiene en su hombre. No podría asegurar en dónde están, parece una habitación de hotel. En la segunda está ella, solita, con los pelos revueltos por el viento de una playa abierta, de un cielo azul y frío, de un fin de semana mágico. Tiene escrito en el dorso de la foto unas líneas: “Amor, el tiempo es irreal, la distancia no existe. Estoy en Europa, pero estoy acá. Soy tuya, sólo tuya, para siempre tuya.” Firma ella, claro.
Se pasa alcohol por sus manos, busca el teclado y prosigue con su historia. Veo que le cuenta sobre sus proyectos, sus estudios, las salidas de fin de semana con sus amigos; le promete muchos viajes juntos, una cena de las que sabían darse y le comenta que ahí, en el sobre que ella se llevó en la cartera, hay un tesoro para que cuide. Quiere que la acompañe durante todo su viaje. Nunca explica qué es lo que le regaló, pero… “Entonces, prometeme que vas a seguir recorriendo con ganas, con pasión cada uno de los lugares que te propusiste. Acá estoy para vos, como me dejaste, pero con la certeza de que nuestra historia va a romper los límites del amor. No hay restricciones para amar, sobre todo cuando se entrega el corazón en a cada segundo sintiendo la devolución con sólo una mirada”.
Frena. No quiere embarrarse con palabras innecesarias. Desde aquí pretende que llegue su mensaje, sólo eso.
Apremiado por sus obligaciones, intenta una despedida forzosa, aunque no puede hacerlo. Se da vuelta, me sonríe. Supo desde el primer instante que yo estaba detrás de él, siguiendo su novela. Se tiene que ir, pero me vuelve a dejar un recado. No entendí muy bien de qué se trata, pero me pide que la llame a ella, y en voz baja, como si estuvieran abrazados y en la cama, le susurre “yo también te amo”.
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