
Corría por la vereda. La pelota iba de su mano a la pared y de la pared a su mano. O creo que era así, no lo recuerdo. Sólo de algo estoy seguro, que la pelotita tenía su cara.
Ya no sale sin sus pantuflas verdes de cremallera puntiaguda. En el bar de Caballito sus compañeros de militancia lo extrañan, y el encargado asegura que está en su casa, que sólo aparece para retirar los pedidos que, ahora, hace por teléfono.
Cuando juega al fútbol los domingos se pone una remera negra estampada con la cara de ella. Dice que le va a dar suerte, que si esquiva al arquero contrario con la prédica de ella va a definir al palo más lejano, haciendo el gol de su vida.
Algo similar ocurre en su trabajo. Antes de llamar a cada cliente abre su mochila, y en la pared derecha se alcanza a ver la foto de ella. Le dice que la ama; de hecho, creo que ya se siente un pesado por repetirlo cada cuarenta segundos.
A su jefe, si las ventas van bajas, le cuenta que está de capa caída, que su novia se llevó sus ganas de vender, su discurso rimbombante de paladín televisivo. No importa, creo que sigue vendiendo de todas formas.
Su madre le cuenta a sus primas que él está enamorado: “mi hijo se casa”; su padre le ofrece un pasaje de avión para ir a buscarla. En su hogar todo gira en torno a ella. El otro día, pensando en ella, dejó un pote de helado arriba de la estufa. Regresó a los 20 minutos, y sus perros movían la cola de felicidad.
Dijo que hará una fiesta con sus amigos. No sabe qué ropa se irá a poner, pero seguro que llevará la remera negra con la cara de ella estampada. Creo que, si no me equivoco, estará haciéndola en el mismo lugar donde ella celebró su cumpleaños, para recordar esa linda noche.
La llama todas las noches, todas las madrugadas: toda la vida. Cuando escribe intenta que ella se sonría, que diga que su novio está loco. Como ayer, que aseguró que iba a ir al cine, pero que murió en el intento. El balde de pochoclos se lo compró igual, y se metió en la cama, abrazó a la almohada que lleva el nombre de ella.
Cuenta que está viajando al Norte, creo que a Salta.
Ayer lo vi llorar, creo que por amor. Revisé la casilla de mensajes de su celular; ahí estaba ella, que le juraba amor eterno, y le repetía que iba a volver antes porque no aguantaba estar lejos de él.
Paciente, espera su llegada. Le escribe y la llama; la recuerda y la extraña. Se emociona con cada gesto de ella, que a la distancia resuena como un temblor de 8.5 en la escala de Richter.
Era Salta nomás. Desde ahí piensa comenzar su derrotero televisivo.
La despedida lo entretiene. Le cuenta sobre su viaje, su amor y le pide que vuelva despacio, tocando la canción que él le dejó. Le dice que la ama, y que son tres letras que dan para pensar. El ya las pensó: quiero vivir para siempre a tu lado. Van 20 días recién, y mis primeros 365 comienzan a llenarse de tu vida.
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