domingo 12 de julio de 2009

La musa que lo inspiró

Cuando uno no sabe cómo empezar a escribir comienza a llenar líneas que rápidamente desecha a la basura. Lo hacíamos con las hojas amarillentas de los años 80; volvemos a hacerlo ahora, con el “backspace” del teclado.
Yo empecé escribiendo de deporte porque me apasionaba; desde chico fui afecto a practicar tenis, fútbol, handball, volley y esgrima. Este último sólo en la colonia de vacaciones, y muy de vez en cuando, pero lo hacía.
Nada me gustaba más que sentarme a escribir de deporte, les decía. Tomaba mi portaminas HB, mi goma de borrar naranja y azul y me perdía en los rincones de mi casa, buscando el clima propicio para dignarme a pensar.
Qué feliz era escribiendo. Qué feliz me siento, les cuento, cuando aparece la musa que alguna vez dejó Picasso. La mía no es salida de un cuento, no se la pedí prestada a Osvaldo Soriano, ni tampoco se la robé a Charly García.
Es de mi propiedad porque, creo que acá coincidiremos, uno no necesita pedirle permiso a la musa para que lo deje hacer. Es más, en cada obra el autor la retribuye con la calidad del trabajo.
Y yo encontré a la mía, como pudieron apreciar unos párrafos arriba. Por mi carácter de periodista no voy a develar quién es, no quisiera traicionarla; a cambio, pienso escribirle sin rodeos, para que se entere, allá a lo lejos, que es mi fuente de inspiración primaria: Si escribo es porque la tengo presente, incluso hasta cuando escribo sobre deporte.
Difícilmente alguien pueda describirme qué es el amor entre personas. Infinidad de autores han intentado abordar el tema, pero sus ensayos carecen de amor, y terminan frivolizando un término tan bello como complejo.
Quienes lo explican mediante hechos generalmente se descuidan mientras aman, pero esbozan una sonrisa y dicen: “Es algo que no puedo explicar...golpea acá, agita el ama”, comentan, y se les nota el deseo irrefrenable de querer explicar lo inexplicable.
Shakespeare dejó morir a Romeo por amor; Flaubert hizo lo propio con Madame Bovary. El gueto de Varsovia aplastó la ilusión de los perseguidos judíos, que no dejaron de amar a pesar del atropello nazi. Apacible era el día que los hermanos Vicario mataron a Santiago Nasar: Angela lloraba de amor.
En la vereda de enfrente me encontré con París, y Hemingway me demostró que el amor no conoce de estamentos sociales, ni dictaduras del corazón, como las travesuras de la niña mala de Vargas Llosa.
Todos tuvieron y tienen a sus musas, que los predisponen de excelente manera al momento de tomar su pluma. Yo tengo a mi musa. Si cierro los ojos la recuerdo y si vuelvo a abrirlos la veo sentada en frente de mi cama, esperándome con todo su amor, dulzura y bondad.
Decía, yo tengo a mi musa. Y sobre el amor prefiero no escribir más. Sé que guarda mi pulsera roja, mis cartas y grabaciones.

jueves 9 de julio de 2009

Ocho y veinticinco, parte III

Vestimos de blanco para la ocasión. El, en el lugar de siempre; yo, aferrado a la curiosidad que despierta el movimiento que produce la pantalla. Del otro lado está ella, su novia. Le pide por mensaje de texto que se conecte, que tiene sólo algunos minutos para charlar. Él baja corriendo las escaleras, enchufa su computadora a la fuente y se conecta.
Espera mientras sincroniza el procesador. Tuvo una noche fatal. La noticia más esperada y menos pretendida llegó a sus oídos hace unas cuantas horas. Se levantó cuatro veces en la noche a tomar agua. Empapado, decidió pegarse una ducha y volver a acostarse. Prendió la luz, se acomodó en su escritorio y continuó escribiendo la historia: “Capítulo dos. Esa noche en el río…”
Por fin la conozco. Lleva el pelo recogido, tiene una musculosa blanca y sus clásicos “mini shorts”. “No hay caso, no cambia más”, me mira y se ríe él. Comienzan a escribirse. Allá, en España, el calor no cesa, pero llueve desde el otro día.
Está pasmado. La observa con detenimiento, y ella le devuelve todo el amor con un solo gesto. Reacomoda la cámara web y se acerca lentamente hasta cubrirla de negro con un beso. “¿Te gustó? Extraño tus labios.” “Me encantó. Me gustaría poder decirte que te amo a los ojos. Quiero abrazarte, hacerte el amor como aquella primera vez, y también como la última.”
Se olvida de mi presencia. Clava la mirada en su pantalla nuevamente, y se sumerge en el mágico mundo su novia. Desde que se conocieron no hay día que no se escriban, que no se cuenten sus rutinas.
Vuelve a latirle con fuerza el corazón. Aunque ella no pueda verlo él le entrega besos al aire, y se anima a escribirle que sí, cuando ella le dice de irse a vivir juntos, a su regreso. Él le cuenta que ya está buscando departamento, pero le aclara que ronca de noche; a ella no le importa. Se ríen.
“No llores, va a estar todo bien”. El la tranquiliza con algunas frases. Le pide que lea sus cartas, que recuerde sus grabaciones; y le comenta que –omití esa información a ustedes – en sus reuniones de comité sus proyectos marchan bien.
Antes de ayer se fue a jugar al squash con un compañero de trabajo, y terminó por decirle que si pudiera dejaría todo por unos días y se iría a visitarla.
Ella, entre castillos y montañas, le reconoció a su amiga que lo extraña; ella asiente con la cabeza, como los amigos de él acá.
“Quedan cinco minutos”, le dice ella. “Nos queda toda la vida”, replica. Remata su frase diciéndole que no es necesario apresurar la vuelta. Prometió mantenerla informada, aunque aun no haya ocurrido nada.
Se vuelve a reír, han pasado cuarenta minutos y todavía no cae en sí. “Sos lo mejor que me pasó en la vida. Cuidate, porque si te llega a pasar algo yo no voy a poder seguir. ” Intenta la despedida forzosa, nuevamente, pero fracasa.
Me mira con ojos inquisidores, como maldiciéndome por entrometerme en su relación. Estuve todo el tiempo con Shakespeare en mis brazos; no hay lugar para reproches.
Resignado, se levanta de la silla. Lo veo con lágrimas en los ojos, pero me afirma que son de alegría. “Después de 11 días volví a verla a la cara, volví a recibir la bendición de su sonrisa, la magia de su mirada”.
Me dejó otro mensaje para ella. Dice que ya no quedan chocolates en su cesta, y que cada vez que se va a dormir se la lleva a ella, recostada sobre la cama de la habitación, regalándole la eternidad y el amor.

martes 7 de julio de 2009

Ocho y veinticinco, parte II



Salió de su cama. Se levantó precipitadamente y volvió a su silla ¿Estaba en su silla? Ese momento lo pasé por alto. Sé lo que sucedió, sé lo que escribió, pero no recuerdo en dónde estaba.
No, no puede haber salido de su cuarto; todo está tal cual él lo dejó antes de acostarse en su cama. Yo mismo lo observé cerrar los ojos. Escasos minutos después de dormirse comenzó a respirar sobresaltado; yo lo vi, lo sentí. Me asusté cuando, de la nada, se sentó en la cama y gritó “no quiero ser hincha…”. Pero volvió a acostarse. Estaba soñando con ella, se los aseguro.
En su cuaderno guarda dibujos recientes. La primera hoja, apenas abro el cuaderno, me los muestra agarrados de la mano. El la besa de improvisto; ella se deja amar. Parece cristalina el agua, el cielo, las ideas: el alma.
Ahora sí logro atar los cabos sueltos. Está sentado, pero no en su silla; es otra, una distinta. No está cómodo, el bullicio de alrededor lo estorba, no lo deja pensar. “Servidor de mierda, justo ahora te venís a caer. Me dejaste con ganas de decirle todo lo que siento. Esta computadora conchuda…” Silencio.
Vuelve a reiniciarla, busca un álbum de Queen y se concentra en la pantalla. Está muy atento a sus espaldas, porque no quiere que nadie se inmiscuya en su carta. Sólo logro leer la primera línea: “Amor, buenas distancias nos separan los brazos, pero el corazón late a cada estímulo…” No me permite seguir observando.
Se va, intento leer algo; no hay caso, está bloqueado el ordenador. Lo veo de lejos, reboza de alegría, pero esconde algo en sus ojos; algo se está guardando. En su cajón hay pocas cosas: tarjetas, mapas, y algunas carpetas con anotaciones manuscritas.
En el segundo cajón está la llave del candado que tanto me impacienta: dos fotos de ella. Aparecen los dos juntos, abrazados él a la cintura de ella, ella se sostiene en su hombre. No podría asegurar en dónde están, parece una habitación de hotel. En la segunda está ella, solita, con los pelos revueltos por el viento de una playa abierta, de un cielo azul y frío, de un fin de semana mágico. Tiene escrito en el dorso de la foto unas líneas: “Amor, el tiempo es irreal, la distancia no existe. Estoy en Europa, pero estoy acá. Soy tuya, sólo tuya, para siempre tuya.” Firma ella, claro.
Se pasa alcohol por sus manos, busca el teclado y prosigue con su historia. Veo que le cuenta sobre sus proyectos, sus estudios, las salidas de fin de semana con sus amigos; le promete muchos viajes juntos, una cena de las que sabían darse y le comenta que ahí, en el sobre que ella se llevó en la cartera, hay un tesoro para que cuide. Quiere que la acompañe durante todo su viaje. Nunca explica qué es lo que le regaló, pero… “Entonces, prometeme que vas a seguir recorriendo con ganas, con pasión cada uno de los lugares que te propusiste. Acá estoy para vos, como me dejaste, pero con la certeza de que nuestra historia va a romper los límites del amor. No hay restricciones para amar, sobre todo cuando se entrega el corazón en a cada segundo sintiendo la devolución con sólo una mirada”.
Frena. No quiere embarrarse con palabras innecesarias. Desde aquí pretende que llegue su mensaje, sólo eso.
Apremiado por sus obligaciones, intenta una despedida forzosa, aunque no puede hacerlo. Se da vuelta, me sonríe. Supo desde el primer instante que yo estaba detrás de él, siguiendo su novela. Se tiene que ir, pero me vuelve a dejar un recado. No entendí muy bien de qué se trata, pero me pide que la llame a ella, y en voz baja, como si estuvieran abrazados y en la cama, le susurre “yo también te amo”.

viernes 3 de julio de 2009

Ocho y veinticinco



"Estoy acá para vos" -le escuché decir hace un rato – "Aquí me encuentro, en mi habitación, escribiéndote unas pocas líneas para que te enteres de cuánto te extraño."
Comenzó su relato eufórico, pero no tanto. Estaba deseoso de oírla; esperaba que sonara el teléfono para atenderlo rápidamente y escuchar el lejano, maravilloso y armónico sonido de su voz.
Dos timbrazos: “Quería decirte que te amo, y pese a estar separados por miles de kilómetros sé que nuestro amor no conoce de fronteras”, balbuceó con timidez. Los dos minutos siguientes fueron una bella descripción de los paisajes, los lugares que recorrió todo ese día bajo el acechante rayo del sol.
“No intento preocuparte; si insisto con el hecho de extrañarte, fuera de entristecer, deberías saber que es la expresión más pura de amor que alguien pueda manifestar.” Intuyo que habrá querido decirle que él la extraña todo el tiempo, pero que es producto del amor que le tiene a ella. Es entendible, uno no puede despegarse rápida y fácilmente de aquello que ama.
Seguía concentrado en el teclado, con la mirada puesta en la pantalla de 10,1 pulgadas. Los ojos transmitían calidez, transparencia: sus ojos se mojaban con el soplido del aire quieto. El seguía concentrado en su discurso, intentando contarle a ella todo lo que siente, porque se lo prometió antes de que su novia pusiera un pie arriba del avión.
Pasaron doce minutos entre un párrafo y el otro. Sólo se levantó dos minutos de su silla, se dirigió a la pared y clavó la vista en el centro de su corcho. Allí estaba ella. Reconozco que no me había percatado de su presencia, pero era sumamente grande: ocupaba el centro y también los alrededores.
Es bellísima, ahora lo sé. Ahora entiendo por qué él quiere estar presente sin importar de qué manera. La observa detenidamente, le da un beso y ella le responde con una sonrisa mágica: esa mueca era todo lo que él necesitaba. Estira sus dedos y los pasa por sobre su cabellera, y le dice que la ama; le dice: “dame 365 días, yo voy a ponerles vida. ”
Se está haciendo de día. La noche despide a la luna que, en este lado del Ecuador, todavía sigue destellando su luz: “Ya te conté qué planes tengo para cuando regreses, pero quiero despedirme tratando de que, al leer mi historia, sepas verdaderamente que el amor que siento por vos es la expresión de deseo más viva que crispa aquí adentro. Que el espacio es ficticio cuando puedo mirarte a la distancia y convencerte de que ya no soy yo, sino que mi yo tiene a cada instante un poco más de vos. Entonces vos y yo vamos de la mano.”
Se desvanece. No quiere dejar de escribir. Le toco la espalda, pero no logro sacarlo de su máquina. Su hoja de Word sólo remite a ella. “Con esto me despido”, espeta. Lo veo extenuado, pero comienza a escribir sus últimas líneas.
“No hay paredes ni fronteras que puedan con el amor. Lo que construimos con pasión nunca nadie va a poder vulnerarlo. Tu nombre y el mío encontraron el libro de las historias, y hace 8 meses comenzamos a escribir la más bella de todas”.
Dejó su computadora y se acostó a dormir. Me pidió que les dijera que se siente mucho mejor. Ahora sabe que ella leyó su carta. Ahora sabe que Europa está acá a la vuelta. Ahora creció, y se hizo hombre para ella.

lunes 22 de junio de 2009

Gabriela, que es Macri, es de derecha

Los invito a que visiten la página de Rubén Morales: http://publicidadpolitica.com.ar
Deténganse por un instante en la fotografía que acompaña al texto. Pobre Gabriela, que es Michetti, la que mira fijo, mientras el camión de Frávega se tiñe de antiguo.

Gabriela Michetti, te pido me digas si vos estuviste de acuerdo en sacar este afiche a las calles. Al fin y al cabo, 6 días antes de los comicios caí en la cuenta de que vos también sos PRO. Qué desilusión, Gaby. Si te viera tu vieja, allá en “Olava”, donde corrías y cantabas de chiquita… pobre vieja, Gabriela.
No sé por qué me sorprendo. Reconozco haberme dado cuenta tarde de tu inclinación política, de tu amor por Jaimito Durán Barba; me frustra imaginar el almacén de mi esquina reconvertido en imperio capitalista: “Víctor y Mabel, la tradición suprema.”
¿Coto también financia la campaña, Gaby? Imaginate la siguiente leyenda: “Las vacas fueron terneros, los terneros no llegan a vacas.”
La prueba cabal de la derecha unida. Siempre apostando al enriquecimiento de los más grandes. Siempre, decía, en detrimento de la humillación de los más chicos. Siempre, cortando la torta en dos o tres pedazos
Qué pena, Gabriela. Qué pena…

lunes 8 de junio de 2009

Ojota con el Pejota

Lunes, casi de madrugada. Me levanto sobresaltado, exhausto; hay una idea que ronda en mi cabeza y no me permite conciliar el sueño. Me mal digo, doy vueltas a la cama, me tapo con la almohada, pero nada; no hay caso, no me voy a poder dormir.
Bajo las escaleras, me tropiezo con perro y, en el afán de querer conservar la estabilidad, golpeo al cuadro de ese pintor renacentista. No me vayas a pedir el nombre porque no lo sé. Bah, en realidad sí lo sé: se llama Rafael Sanzio, aunque me importa un carajo cómo se llama y qué escuela fundó. Si le peleó el primer lugar a Miguel Angel, a Da Vinci o a Botticelli; si superó a su maestro, Pietro Vannucci (El Perugino), o si Roma fue su principio del fin.
Clásicos son los de ahora: River- Boca, Vélez - De la V., o De Narváez - Kirchner. Aquí están, éstos son, Argentina es un bajón... Sí, chicos, detengámos en la última categoría de relacionables. A ver ustedes, queridos colegas de los grandes medios ¿Desde cuándo se hace una distinción entre PJ 1 y PJ 2? No existe una diferencia entre el Kirchnerismo y los disidentes: Todos son el Pejota, muchachos.
Son un músuculo que funciona por acción y respuesta. Se contraen en los momentos complicados, pero lanzan grandes dádivas en tiempos de bonanza.
Reitero: El peronismo no va a permitir una derrota. El poder omnímodo que viene abrazando desde el 89'(hago una división histórica entre períodos) es el que demuestra que tienen una sinergia inclaudicable, una renovación fugaz.
Son lo mismo. Kirchner, De Narváez, Solá: Si les es políticamente conveniente, estarán abrazados después del 28 de junio, pensando ya en el 2011. Hoy, en Olivos no se toma Champán, pero se saborean unos riquísimos corderos patagónicos.
No hay tiempo para gobernar porque hay que ganar, y las victorias se consiguen con dedicación y perseverancia.
Y me desvelé, no lo puedo creer. Lunes a la mañana, ya rugen los informativos al compás de los afilados dientes pejotistas: Quedan 20 días, dejá tu voto.

miércoles 20 de mayo de 2009

Hasta el "jonca" no paramos



“Y dicen que soy aburrido.” Sucede que soy aburrido porque no me conocen, pero si lo hicieran sabrían que “no los voy a defraudar”. Qué lejos quedaron estas inocentes muletillas de campaña que reposan dentro de nuestro imaginario social. Qué vagas resuenan en “la Rosada” las frases de De la Rúa y Menem.
El informativo de las 6:30 dice que Rivas - sí Jorge Rivas, el ex vicejefe de Gobierno quien fuera asaltado y baleado en Lomas de Zamora en noviembre de 2007 - hoy retoma sus actividades: Jura como diputado de la Nación, por la banca que consiguió en aquel año.
El proceso de recuperación del socialista K es lento, aunque lo hace sin pausa y animosidad. Está cuadripléjico, tiene dificultades para expresarse verbalmente, y se comunica a través de una computadora. No pretendo describir su estado de salud, sólo reflexionar acerca del regreso al trabajo, a la política, de una persona disminuida físicamente: Un peón kirchnerista devenido inesperadamente en alfil.
Decía, en un clima de campaña feroz donde cualquier carta, inclusive la mentira y el desprestigio, vale como un comodín ante una situación sofocante, Rivas no estará exento de los flashes y las peleas por ver quién se arrodilla más rápido y cómo queda ubicado a su lado: Será la tapa de muchos diarios hasta el 28 de junio.
Jorge Rivas será un objeto. El oficialismo lo utilizará para levantar la alicaída imagen de un gobierno que se viene destartalando a un ritmo vertiginoso. El flamante diputado devolverá, tras largas horas de investigación en el laboratorio K, la necesidad al pueblo de creer que, tanto Cristina como Néstor, son el pueblo mismo.
Fue Gabriela Michetti en 2007. Su condición de paralítica sensibilizó la imagen de un duro Mauricio Macri. De hecho, el combo Macri - Michetti estuvo perfectamente hilvanado desde que ella comenzó a aparecer junto a él en cada uno de los actos de campaña. Inclusive, el ex presidente de Boca logró crear una sensación de igualdad en los porteños: “Mauricio, que es Macri…” Llegó a imponer al nombre de pila por sobre el apellido. La calidez del “Mauricio” por sobre el difuso que acarrea su apellido, pero siempre bajo la figura humanizadora de Gabriela.
Hoy, a cuarenta días de las Legislativas, los artilugios de campaña parecer ir en la misma dirección, sin importar la bandera tras la que se muestran: Reforzar ideas, incluir figuras que poco saben de política, pero refieren a ésta y traccionan votos del más plural abanico ideológico.
El oficialismo movió rápido las fichas: Nacha Guevara en su rol de Evita, peinada, vestida y preparada para actuar en éste escenario político. Marcela “la tigresa” Acuña como la mujer de llano, la que siente el calor del pueblo, la acuciante realidad de los lugares rezagados del cordón bonaerense y tiene “la fuerza” para poner orden.
De Narváez, en tanto, ubicó a Claudia Rucci, hija del ex secretario General de la Confederación General del Trabajo (CGT), asesinado presuntamente por los montoneros en 1973, como número tres de su lista.
La necesidad de mostrarse más peronista que el propio Perón los llevó a actuar con celeridad. Veremos luego, pasado el 28 de junio, si la actriz que encarnó la figura de Eva Duarte o la hija del más fiel de los discípulos del General Juan Domingo, logran quedarse con el primer lugar.
Quedan cuarenta días para las elecciones, y los políticos sufren porque el “Gran Cuñado” de Tinelli puede hundirlos o, en menor medida, catapultarlos al éxito. El gran cuñado, Nacha Guevara, la Tigresa Acuña, Claudio Morgado, ¿Víctor Laplace?: ¿Qué político podrá vestir el traje de Martín Fierro con mayor prestancia?