
La noche es un castigo que maltrata a mi cuerpo. Al principio me levantaba exaltado, maldiciéndome por no poder seguir durmiendo, pero ahora mi contraataque es distinto. Invito a mi sueño a que me despierte de madrugada; lo espero con el chanchito en la mesita de luz del costado. Ya no me interesa dormir, sólo quiero escribir.
Siento que al escribir, bien o mal, comiéndome los acentos o repitiendo palabras, logro descargar esa furia que me produce ver el reloj a las 3 am. Traduzco cada uno de los insultos en una frase con sentido, lo que no es muy común en estos días, ya que el verdadero contenido poco tiene de tinta y celulosa.
Sentido. Habría que rastrear la etimología de la palabra “sentido”. Algo tiene o no, sentido. Las personas hacen las cosas con sentido, pero también están los que vinculan la palabra sentido con el verbo “sentir”. Aquí encontré el sentido del sentimiento.
Ya más calmado, convencido de que el sueño no está ligado al descansar, le encontré verdadero sentido a mis 3 am. El chancho ya no está en la página 14, porque esa la completé ayer, así que lo abro en la número 15, tanteo la lapicera que quedó en el suelo – tal vez la empujé mientras dormía y ahora no puedo hallarla, y busco su cara entre mis recuerdos. Deposito mi sentimiento en cada palabra, porque logro traducir el sueño en buenas intenciones.
Hubo capítulos en los que le comenté historias pasadas, recuerdos vividos, anécdotas graciosas, y en otros, movido por la desazón y mis ganas de abrazarla, le conté que no estaba atravesando por mi mejor momento, porque tenía el sentido dañado; no el sentimiento, sino el sentido de orientación.
Entonces, envalentonado, producto de la euforia que me produce sentirla acá, donde todas las noches guardo una pavadita más sobre ella. Acá, donde todo lo que siento es su amor; acá, donde sólo ella puede llegar sin importar la distancia.
Imaginé su cara en Holanda, luego paseando por Londres y rebotando en Barcelona. Imaginé verla en Bruselas, caminando con pelo lacio, largo, deslumbrando a todo hombre que se le interponga en el camino. Imaginé tenerla en mis brazos, sentir el calor y el sabor dulce de sus besos, pero ya eran las 6:30 am, y ella me respondió que estaba bien, y que todo lo que imaginé lo íbamos a hacer a su regreso. Volví a dormirme, no sin antes mandarle llave al chancho; no sin antes mirar al corcho, mirarla a ella, y prometerle que acá voy a estar.
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