
Es 28 de junio. El frío de la noche se siente más intenso; se mezcla con la lluvia torrencial que no cesa. Estuvo lloviendo toda la tarde, y recién llego a mi casa, después de pasar la tarde más emocionante, pero más triste de mi vida.
Es el gusto a lo que se perdió. El sabor a despedida “por largo rato” ya se instaló acá adentro. Me saqué la remera, quedé en cuero, pero no puedo quitármelo. Siento que me oprime el pecho, pero lo controlo cerrando los ojos, recordando nuestro fin de semana en afuera.
Le escribí muchas cartas, casi todas a través de la computadora. En realidad, sólo dos son de puño y letra; sólo esas cartas contienen el aroma a tinta, el sabor a perpetuidad. El resto necesita de una computadora, no como éstas, que pueden llevarse adentro de la cartera que le regalé.
Siete días pasaron desde su cumpleaños. No la encontré muy entusiasmada con la idea de cumplir un año más. Será porque me tragué un hueso de pollo durante la cena, aunque su viaje ya le venía preocupando demasiado. Sí, era eso: el viaje.
Le regalé esa cartera; en realidad, le regalé otra cartera, idéntica a una que ella ya tenía. No importa, sé que le gustó, como también el reloj chiquito.
Le dí un beso en la frente, la coloqué en centro de mi corcho, y la dejé encarnar en mi almohada. No hay noche en la que la abrace, en la que no la bese y le susurre unas palabras.
Estoy buscando mi propio estilo. Será porque ella ya se fue, y yo la extraño tanto que intento cualquier pirueta para robarle una sonrisa. Ayer, 2 de julio, le mandé un mail diciéndole que quería casarme con ella, pero terminé por decirle que cuando vuelva nos vamos a ir de vacaciones.
Después, para completar la acrobacia, le mandé un mensaje de texto que… Espérenme un segundo que lo refresco. Dice así: “No hay tiempo, ni distancia, ni nada que nos pueda separar. Lo que comenzó hace 9 meses ya nunca terminará. Te amo, mi amor.”, y terminé de completar todo el módulo.
Un párrafo corto. Con un principio precipitado y un final no anunciado. Acción en cada línea mezclada con el vértigo y fusión entre el amor y la nostalgia; igual, dos puntos: esa distancia que nos separa no sabe nada de amor.
Vuelvo a levantarme en la madrugada. Mi psicóloga me dijo que me relaje, que lo importante es que quiero volver a conciliar el sueño. Pero no es eso lo que me acelera, sino cada uno de los quince días que transcurrieron, que parecen un año de veinticuatro horas.
Vuelvo a tener frío, pero recuerdo los vidrios empañados del auto, desvaneciéndose con cada roce de nuestra piel. Recuerdo los cuerpos húmedos, vibrando de placer por el placer de estar juntos. Recuerdo su mirada, penetrante y dulce, y recuerdo sus primeras palabras después de dejarnos caer, en el asiento trasero: “Nunca me sentí tan bien en mi vida”
Nadie alimenta una ilusión en vano. En algún rincón se encuentra la excusa que nos empuja a hacer tal o cual cosa. Acabo de recibir un mail. El contenido se los contaré en alguna otra reunión. Es ella, sí. Me prometió Valencia, su Luna y su fidelidad. La espero.
Mi espera tampoco huele a rancio. En mi cuarto está su foto. En mi vida está ella.