miércoles, 15 de julio de 2009

Vive acá, bien adentro


Es 28 de junio. El frío de la noche se siente más intenso; se mezcla con la lluvia torrencial que no cesa. Estuvo lloviendo toda la tarde, y recién llego a mi casa, después de pasar la tarde más emocionante, pero más triste de mi vida.
Es el gusto a lo que se perdió. El sabor a despedida “por largo rato” ya se instaló acá adentro. Me saqué la remera, quedé en cuero, pero no puedo quitármelo. Siento que me oprime el pecho, pero lo controlo cerrando los ojos, recordando nuestro fin de semana en afuera.
Le escribí muchas cartas, casi todas a través de la computadora. En realidad, sólo dos son de puño y letra; sólo esas cartas contienen el aroma a tinta, el sabor a perpetuidad. El resto necesita de una computadora, no como éstas, que pueden llevarse adentro de la cartera que le regalé.
Siete días pasaron desde su cumpleaños. No la encontré muy entusiasmada con la idea de cumplir un año más. Será porque me tragué un hueso de pollo durante la cena, aunque su viaje ya le venía preocupando demasiado. Sí, era eso: el viaje.
Le regalé esa cartera; en realidad, le regalé otra cartera, idéntica a una que ella ya tenía. No importa, sé que le gustó, como también el reloj chiquito.
Le dí un beso en la frente, la coloqué en centro de mi corcho, y la dejé encarnar en mi almohada. No hay noche en la que la abrace, en la que no la bese y le susurre unas palabras.
Estoy buscando mi propio estilo. Será porque ella ya se fue, y yo la extraño tanto que intento cualquier pirueta para robarle una sonrisa. Ayer, 2 de julio, le mandé un mail diciéndole que quería casarme con ella, pero terminé por decirle que cuando vuelva nos vamos a ir de vacaciones.
Después, para completar la acrobacia, le mandé un mensaje de texto que… Espérenme un segundo que lo refresco. Dice así: “No hay tiempo, ni distancia, ni nada que nos pueda separar. Lo que comenzó hace 9 meses ya nunca terminará. Te amo, mi amor.”, y terminé de completar todo el módulo.
Un párrafo corto. Con un principio precipitado y un final no anunciado. Acción en cada línea mezclada con el vértigo y fusión entre el amor y la nostalgia; igual, dos puntos: esa distancia que nos separa no sabe nada de amor.
Vuelvo a levantarme en la madrugada. Mi psicóloga me dijo que me relaje, que lo importante es que quiero volver a conciliar el sueño. Pero no es eso lo que me acelera, sino cada uno de los quince días que transcurrieron, que parecen un año de veinticuatro horas.
Vuelvo a tener frío, pero recuerdo los vidrios empañados del auto, desvaneciéndose con cada roce de nuestra piel. Recuerdo los cuerpos húmedos, vibrando de placer por el placer de estar juntos. Recuerdo su mirada, penetrante y dulce, y recuerdo sus primeras palabras después de dejarnos caer, en el asiento trasero: “Nunca me sentí tan bien en mi vida”
Nadie alimenta una ilusión en vano. En algún rincón se encuentra la excusa que nos empuja a hacer tal o cual cosa. Acabo de recibir un mail. El contenido se los contaré en alguna otra reunión. Es ella, sí. Me prometió Valencia, su Luna y su fidelidad. La espero.
Mi espera tampoco huele a rancio. En mi cuarto está su foto. En mi vida está ella.

domingo, 12 de julio de 2009

La musa que lo inspiró

Cuando uno no sabe cómo empezar a escribir comienza a llenar líneas que rápidamente desecha a la basura. Lo hacíamos con las hojas amarillentas de los años 80; volvemos a hacerlo ahora, con el “backspace” del teclado.
Yo empecé escribiendo de deporte porque me apasionaba; desde chico fui afecto a practicar tenis, fútbol, handball, volley y esgrima. Este último sólo en la colonia de vacaciones, y muy de vez en cuando, pero lo hacía.
Nada me gustaba más que sentarme a escribir de deporte, les decía. Tomaba mi portaminas HB, mi goma de borrar naranja y azul y me perdía en los rincones de mi casa, buscando el clima propicio para dignarme a pensar.
Qué feliz era escribiendo. Qué feliz me siento, les cuento, cuando aparece la musa que alguna vez dejó Picasso. La mía no es salida de un cuento, no se la pedí prestada a Osvaldo Soriano, ni tampoco se la robé a Charly García.
Es de mi propiedad porque, creo que acá coincidiremos, uno no necesita pedirle permiso a la musa para que lo deje hacer. Es más, en cada obra el autor la retribuye con la calidad del trabajo.
Y yo encontré a la mía, como pudieron apreciar unos párrafos arriba. Por mi carácter de periodista no voy a develar quién es, no quisiera traicionarla; a cambio, pienso escribirle sin rodeos, para que se entere, allá a lo lejos, que es mi fuente de inspiración primaria: Si escribo es porque la tengo presente, incluso hasta cuando escribo sobre deporte.
Difícilmente alguien pueda describirme qué es el amor entre personas. Infinidad de autores han intentado abordar el tema, pero sus ensayos carecen de amor, y terminan frivolizando un término tan bello como complejo.
Quienes lo explican mediante hechos generalmente se descuidan mientras aman, pero esbozan una sonrisa y dicen: “Es algo que no puedo explicar...golpea acá, agita el ama”, comentan, y se les nota el deseo irrefrenable de querer explicar lo inexplicable.
Shakespeare dejó morir a Romeo por amor; Flaubert hizo lo propio con Madame Bovary. El gueto de Varsovia aplastó la ilusión de los perseguidos judíos, que no dejaron de amar a pesar del atropello nazi. Apacible era el día que los hermanos Vicario mataron a Santiago Nasar: Angela lloraba de amor.
En la vereda de enfrente me encontré con París, y Hemingway me demostró que el amor no conoce de estamentos sociales, ni dictaduras del corazón, como las travesuras de la niña mala de Vargas Llosa.
Todos tuvieron y tienen a sus musas, que los predisponen de excelente manera al momento de tomar su pluma. Yo tengo a mi musa. Si cierro los ojos la recuerdo y si vuelvo a abrirlos la veo sentada en frente de mi cama, esperándome con todo su amor, dulzura y bondad.
Decía, yo tengo a mi musa. Y sobre el amor prefiero no escribir más. Sé que guarda mi pulsera roja, mis cartas y grabaciones.