martes, 28 de julio de 2009

Memorias del primer fin de semana

“Tenemos que buscar agua para el mate, amor”, le gritaba ella desde adentro del auto, mientras el joven controlaba la presión de los neumáticos. Se demoraron unos minutos más comprando algunas golosinas y galletitas, y salieron entonces en busca de la autopista.
Durante el viaje charlaron sobre sus familias, y ella le contó que una de sus amigas estaba deprimida porque había cortado con un chico. El le respondió, fiel a su forma de ser: “Cada uno de nosotros elige su propio camino. Todo acto implica una decisión, y es así como se van entrelazando las historias.” Siguieron, mate de por medio, disfrutando los inicios de un viaje que resultaba fabuloso.
Almorzaron en el restaurant más conocido de la zona, aunque él hubiera preferido comer al paso, en uno de los sucuchos que está a la vera de la ruta, justo atrás de la subida al “anexo.”

Llegaron rápido al hotel, subieron a su habitación y comenzaron a besarse con furia, como si hubieran estado mucho tiempo separados. Rápidamente se quitaron la ropa, él la alzó a sus muslos y comenzaron a estremecerse de placer. Sus cuerpos quedaron temblando un largo rato, mientras él intentaba acariciarle su cara, su pelo, su cuerpo. Volvían a encontrarse después de dos meses. Estaban igual que antes; él cumplió su promesa, y esperó paciente, encauzando su vida a los proyectos profesionales que tanto lo apasionaban; ella demostró todos los días, a cada instante, el amor infinito que sentía por su novio.
Cenaron. Unas rabas en mal estado y una cazuela de camarones no pudieron ocultar las ganas acumuladas luego de tantos días separados. Bebieron el vino que a ella le gusta, y regresaron rápidamente al hotel para hacer otra vez el amor. Y otra…
Al día siguiente él la levantó lentamente. Primero una mano, luego un abrazo; más tarde se alzó sobre ella y comenzó a besarle el cuello. Vio su cara de “recién levantada”, y la volvió a acariciar. A partir de allí supo que querría levantarse contemplando su rostro, todos los días de su vida.
En la playa había sol, el día les regalaba un sol de verano, un paisaje de Miró. Tiraron su lona en la arena, apoyaron los libros, las cartas y se sacaron la ropa para tostarse. Allí recordó mencionarle que se cuidara del sol, porque en España las temperaturas superaban ampliamente la barrera de los 35 grados.
Almorzaron algo rapidito; ella disfrutó una ensalada Ceasar, y él, un pancho con queso y papas fritas. El, acá en Buenos Aires, pasaba todas los mediodías frente a la computadora esperando que apareciera una mueca en el monitor. Sintió más de una vez ganas de llorar, pero rápidamente la buscaba en su memoria y reflotaba una anécdota, como por ejemplo la de aquella vez que ella le juró que lo amaba, pese a estar seriamente alcoholizada. Volvía de salir con sus amigas, del centro.
Mientras él miraba el partido de su club preferido, ella leía su libro, pero los tipos que estaban abajo nunca más subieron; apagaron el televisor y volvieron a acariciarse. Hicieron el amor muchas veces, cada una en una posición distinta, y siguieron descubriéndose sólo con el roce de sus manos.
Y el olor a ella es único. El lo guarda en su cabeza, y lo deposita todas las noches en su almohada, para creer que la tiene a su lado, haciéndole el amor como sólo él sabe, escribiendo todos los días a su amor, y esperando a escuchar su voz para volver a decirle que la ama, y que el fin de semana va a ser toda la vida, porque si algo no tiene una barrera es el sentimiento tan profundo, tan genuino y maravilloso que él siente por ella; y él sabe que ella también quiere vivir de ese fin de semana toda la vida.
Se acerca la primavera, y él encontró la suya tres estaciones atrás, siempre en primavera, donde el amor que nace se marca de por vida.

domingo, 26 de julio de 2009

Paquito, el poeta


¡Es suficiente!, gritó desde la planta alta de la casa, y salió hecho una furia hacia la calle. El la seguía desesperado, bien de cerca, aunque no podía ocultar su sonrisa.
En la esquina de Santa Fe y Arenales ella se frenó, y dándose vuelta con furia le estampó el primer beso de todos los besos que se darían a partir de allí. Fue un instante. Ni siquiera logró abrir su boca. Los labios secos marcaban el latido de su corazón.
Poco a poco se fue soltado; primero le estiró su brazo, luego el otro, y un momento más tarde lo abrazó con fuerza. Pasó poco tiempo hasta que una noche, sorprendidos por una llovizna de primavera, hicieron el amor por primera vez.
Reservados, cautelosos, fueron quitándose la ropa. Primero le sacó la camisa botón a botón, continuó dándole besos alrededor del cuello, y resistía los embates de él, qué se había apresurado a quitarle el corpiño, y acariciaba sus senos con admiración. Los miedos fueron desapareciendo. Le bajó el cierre, mientras sentía la frescura de ella posarse en su pecho y unos segundos después le quitó el jeans. Comenzó a besarle los pies, luego sus piernas hasta llegar allí, donde la fuerza de sus manos y los latigazos de su cuerpo no permitieron más que unos pocos segundos.
Fueron varios minutos en los que las restricciones quedaron en la puerta de la habitación, en los que ella comenzó a mostrarle su verdadera cara; minutos en los que él continuó contemplándola, boca abajo, tan maravillosa como irreal.
Comenzaron a reír, y rápidamente ella buscó su ropa interior en el piso y se la puso en la cama, sin necesidad de pararse. Fue esa noche, la primera vez, donde comenzaron a entrelazar sus manos, ungidos por el mismo aceite, consensuando cada acto, entregándose al otro por el mero hecho de amar.
Llegaron a un bar cerca de su casa. Se pidieron un “daiquiri” de melón, porque a ella le gusta comer melón, y charlaron un rato más sobre sus vidas. En algún momento hasta lloraron juntos, cuando él se desnudó ante su novia, susurrándole al oído su secreto mejor guardado.
Por momentos, ahora que ya son una pareja hecha y derecha, ya no necesita gritarle que algo es suficiente, aunque cada tanto tenga que llamarle la atención por tal o cual traspié. Y él sólo necesita saber que la tiene cerca, porque todo el resto de su círculo se mantiene estable.Ella es su centro,desde hace mucho tiempo tiene la llave de su corazón (y la tendrá por el resto de su vida).
Hoy charlan sobre el mundo, las ciudades, el color y la delicadeza de los europeos, pero también guardan su espacio para las huachaferías que tanto ella recibe, y que parecen encantarles. Está pensando en escribir poesías, pero no sabe cómo arrancar, nunca escribió una.
Si tuviera que empezar desde cero, supongo que dos frases iniciarían sus versos:
“De tu mano pretendo hacerme grande, menuda propuesta te hago de lejos;la espera no es un suicidio, simplemente una revelación del alma, que desde hace un mes te jura amor eterno.”