Durante el viaje charlaron sobre sus familias, y ella le contó que una de sus amigas estaba deprimida porque había cortado con un chico. El le respondió, fiel a su forma de ser: “Cada uno de nosotros elige su propio camino. Todo acto implica una decisión, y es así como se van entrelazando las historias.” Siguieron, mate de por medio, disfrutando los inicios de un viaje que resultaba fabuloso.
Almorzaron en el restaurant más conocido de la zona, aunque él hubiera preferido comer al paso, en uno de los sucuchos que está a la vera de la ruta, justo atrás de la subida al “anexo.”
Llegaron rápido al hotel, subieron a su habitación y comenzaron a besarse con furia, como si hubieran estado mucho tiempo separados. Rápidamente se quitaron la ropa, él la alzó a sus muslos y comenzaron a estremecerse de placer. Sus cuerpos quedaron temblando un largo rato, mientras él intentaba acariciarle su cara, su pelo, su cuerpo. Volvían a encontrarse después de dos meses. Estaban igual que antes; él cumplió su promesa, y esperó paciente, encauzando su vida a los proyectos profesionales que tanto lo apasionaban; ella demostró todos los días, a cada instante, el amor infinito que sentía por su novio.
Cenaron. Unas rabas en mal estado y una cazuela de camarones no pudieron ocultar las ganas acumuladas luego de tantos días separados. Bebieron el vino que a ella le gusta, y regresaron rápidamente al hotel para hacer otra vez el amor. Y otra…
Al día siguiente él la levantó lentamente. Primero una mano, luego un abrazo; más tarde se alzó sobre ella y comenzó a besarle el cuello. Vio su cara de “recién levantada”, y la volvió a acariciar. A partir de allí supo que querría levantarse contemplando su rostro, todos los días de su vida.
En la playa había sol, el día les regalaba un sol de verano, un paisaje de Miró. Tiraron su lona en la arena, apoyaron los libros, las cartas y se sacaron la ropa para tostarse. Allí recordó mencionarle que se cuidara del sol, porque en España las temperaturas superaban ampliamente la barrera de los 35 grados.
Almorzaron algo rapidito; ella disfrutó una ensalada Ceasar, y él, un pancho con queso y papas fritas. El, acá en Buenos Aires, pasaba todas los mediodías frente a la computadora esperando que apareciera una mueca en el monitor. Sintió más de una vez ganas de llorar, pero rápidamente la buscaba en su memoria y reflotaba una anécdota, como por ejemplo la de aquella vez que ella le juró que lo amaba, pese a estar seriamente alcoholizada. Volvía de salir con sus amigas, del centro.
Mientras él miraba el partido de su club preferido, ella leía su libro, pero los tipos que estaban abajo nunca más subieron; apagaron el televisor y volvieron a acariciarse. Hicieron el amor muchas veces, cada una en una posición distinta, y siguieron descubriéndose sólo con el roce de sus manos.
Y el olor a ella es único. El lo guarda en su cabeza, y lo deposita todas las noches en su almohada, para creer que la tiene a su lado, haciéndole el amor como sólo él sabe, escribiendo todos los días a su amor, y esperando a escuchar su voz para volver a decirle que la ama, y que el fin de semana va a ser toda la vida, porque si algo no tiene una barrera es el sentimiento tan profundo, tan genuino y maravilloso que él siente por ella; y él sabe que ella también quiere vivir de ese fin de semana toda la vida.
Se acerca la primavera, y él encontró la suya tres estaciones atrás, siempre en primavera, donde el amor que nace se marca de por vida.
