Querido Paco:
Ha pasado mucho tiempo desde que te fuiste, bastante más de un mes, y sólo he recibido algunos pocos correos electrónicos que preguntan más de lo que cuentan: la vida en Buenos Aires cambió poco, o mucho, depende de la silla en que te sientes a observar.
Como sabrás, el trabajo sigue siempre de la misma manera. Esta crisis económica sólo ha desnudado las falencias de un gobierno que ya no sostiene su poder. Los pormenores ya los conocerás, porque te fuiste un día después de la derrota en las legislativas.
Toda crisis trae oportunidades, y yo me encuentro en la senda de los que prefieren mirar al futuro con optimismo, sabiendo que el crecimiento significa compromiso y madurez, asumiendo los riesgos que cualquier negocio tiene.
Sigo con mi tesis, Paco. Tengo un objetivo fijado y quiero cumplirlo: espero poder presentarla en diciembre. Sé que te va a alegrar saber que dentro de unos días comienzo mi preparación como docente. En otro momento te explicaré cuáles son los pasos a seguir, las materias a cursar, etc, porque ahora quiero abocarme a contarte sobre lo más importante que me pasó en este tiempo, Paco.
En realidad, Paquito querido, lo verdaderamente importante comenzó a pasarme hace muchos meses. Parece increíble, pero el viernes se vuelve a cumplir una nueva fecha; prefiero no contarte cuántos meses, sólo comentarte que son pocos para todo lo que nos espera vivir.
Estuve en una noche de lluvia, mi amigo, y a partir de allí me prometí no abandonarla jamás. Hicimos cosas locas, otras no tanto, pero siempre dejando todo el corazón en cada segundo de la relación. Mirá, aprendí a amarla tanto, que para seguir adelante le conté ese secreto que sólo vos y yo conocíamos, pero que ahora también comparte ella: me prometí ser sincero, no ocultarle nada.
A la distancia, porque también la tengo lejos, le canto todas las noches la canción que le dejé como regalo en el mp3, Paco. La acompañé en uno y cada uno de los viajes que tuvo, de país a país, hasta llegué a pelearme con el cacique, ese que vos tan bien conocés, para que me permitiera unos días junto a ella.
Sí, no lo resisto, amigo. Por las noches abro la canasta de mimbre que me dejó, veo todas nuestras fotos, las pego, las despego, las beso, las limpio, las vuelvo a pegar, y las que sobran van otra vez a la canasta, hasta el día siguiente en donde vuelvo a hacer lo mismo.
Como me sugeriste, le escribo todos los días dejándole el cuerpo, el corazón, la cabeza y toda la picardía que tengo, y también recurro a las chucherías que cultivamos desde nuestro primer beso, para llenarme el cuore de esperanza cuando estoy triste.
Paco, vos sabés de esto, sos un entendido en la materia. Estás más cerca del altar que todos nosotros, sos el que lleva la bandera de los enamorados, y el que se desvive por contarle que te querés hacer grande de su mano. Vos, al igual que yo, conociste el amor sin querer (supongo que a la gran mayoría de las personas le debe pasar lo mismo), pero no me podés negar que cuando te sentís enamorado florece en vos toda la poesía que tenés guardada.
Entonces, mi amigo, quiero responder a tu pregunta sobre mis ganas de “noviar”, como lo manifestaste en el mail de la semana pasada. Paco, con ella conocí el amor, y la pasión; aprendí a amar, a abrazar con sentimiento, a querer regalarle el cielo, y dejar el personalismo de lado ¿Sabés por qué, Paco? Porque, y acá podrás decirme vos qué te parece, me levanto todos los días con la certeza de que no necesito más que su amor para ser exitoso, porque mi ilusión es que ella, Paco, vuelva para decirme que no quiere otra cosa más que acompañarme, abrazados, enamorados, besándonos como lo hicimos aquella vez en el auto, como lo sueño desde que ya no está, pero que voy a disfrutar tanto cuando regrese.
Te quiero despedir, mi buen amigo, pidiéndote que no te sorprendas. El amigo que vos dejaste acá es el mismo que te escribe, pero que cambió de forma de pensar hace ya varios meses, cuando se decidió a amar. Aprendo todos los días de ello, y sólo yo sé cuánto la extraño y todo lo que pienso brindarle cuando la vea cruzar la puerta de ese avión; ese avión que nos va a volver a poner cara a cara, estas caras que ya piden reencuentro.
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