viernes, 7 de agosto de 2009

Sobre héroes, viejos y el amor eterno



Saqué las fotos que tengo en mi mochila. Ahora, este fin de semana, las voy a necesitar más que nunca. Como te conté, me estoy yendo a la Aldea, una vez más, a luchar contra las voces que me atosigan de noche, durante el día: siempre.

Se cumplió un año desde que volví, y todas las semanas me tomo el trabajo de regresar, de enfrentarme y disipar cualquier duda. Las reprendo en mis sombras, hasta me atreví a desafiarlas, y les dejé en claro que yo soy así, que no van a poder cambiar mi forma de vivir la vida, mi manera de entregarme por el sólo motivo de sentir.

Esta semana estuve como pocas veces a su lado. Las acompañe, las reté, las silencié; me volví más seguro de mí mismo, pero todavía no puedo sacarme las astillas de las botas. Todavía duelen los palazos sufridos durante todo este tiempo: fueron largos días en los que podía escaparme apenas unos segundos de los azotes del Viejo.

Intenté esquivarlo – sigo intentándolo -, pero la experiencia lo pone siempre un pie adelante mío. Cuando creo poder eludirlo cae sobre mí con el peso muerto de su cuerpo. Hay veces en los que no siento los golpes, porque no pienso en ello, pero el Viejo tiene el poder de controlar mi mente; me maneja, me lleva de acá para allá. Cuando estoy por acostarme me salta desde el placard, y me revolea las fotos de la cartera. Las junto rápidamente, empiezo a contemplarlas y el mar de gotas se llena iexorablemente. Mientras tanto, él sigue parado delante de mí, atormentándome con frases inconexas, con refranes incisivos: está parado enfrente mío, y no lo puedo esquivar.

Lo llevo conmigo a todos los días. Su destreza es la de los Viejos bichos, con calle. Me arroja una botella de vino cuando entra al calabozo; rápidamente cierra las rejas y me da la libertad de escribir sobre lo que quiera. Comienzo a crear, pero vuelvo a sumirme en esa sórdida costumbre de taparme con la frazada. No quiero escuchar a nadie. Los ratos libres los uso para quitarme las astillas, para recuperar mi cuerpo del trajín diario. Vuelvo a tomar la pluma, busco el halito de luz que se cuela por las hendijas de la ventana y comienzo mi relato: “Hoy es 7 de agosto. El décimo 7 desde que comenzó a llover en noviembre; quisiera mirarte a los ojos para contarte cuánta falta me hacés, quisiera agarrar tu mano para sentir la seguridad que…” Antes de terminar la historia, ya en penumbras, vuelvo a mirar al cielo para encontrar su cara. Quiero que me libere de esta opresión que siento. Le pido que me de la fuerza necesaria para poder esquivar al Viejo zorro que me fustiga por el sólo placer de amar. Se vuelve celoso, engreído. Me grita que soy vanidoso, no puede entender cómo, después de tantos azotes, puedo seguir sosteniendo el mismo pensamiento; le respondo que no hay garrotazo que pueda hacerme caer, porque tengo el corazón más grande del mundo, ese que se volvió hermético con la lluvia de noviembre, que se selló con la marca de la pasión.

Vuelve a golpearme, y otra vez, y otra, hasta que nota que por mi espalda comienza a caer un hilo de sangre. Desvanecido, levanto la cabeza y le pregunto por qué sigue pegándome, qué es lo que necesita probar. Me responde que no lo hace por diversión, si no que no puede entender que exista en la tierra un ser con tanta pasión, que quiera llevarse al mundo por delante, y que pese a sufrir tanto crea que puede separar el mar en dos, correr y darle ese abrazo que tanto añora.

Casi desfalleciendo, mordiendo el barro del calabozo, levanto la cabeza y me siento firme para gritar: ¡Es el amor de mi vida, Viejo hijo de puta! No me vas a separar de ella ni en un millón de años. Lamento tu egoísmo y el de toda la humanidad; acá estoy para esperarla, y mientras mi corazón siga latiendo, ni tus latigazos, tus azotes o tu bastardeo psicológico me va a derribar.

Me llevé las fotos, y aunque no pude contarle cómo estaba, seguí pegando nuestra historia en tres corazones, y al viejo empecé a esquivarlo otra vez.

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