Cuando se daña un artefacto es necesario desarmarlo para, luego de un examen minucioso, entender cuáles deberían ser los caminos que lleven a la reparación del objeto.
En política sucede algo semejante, aunque el alcance de una medida desafortunada termina, generalmente, por echar por tierra cualquier medida de corta instrumentación.
Si la práctica de la política estuviese representada en una pirámide, deberíamos ubicar en la parte superior aquellos valores que caracterizan a la sociedad. Tres poderes aglutinadores, capaces de lidiar con el día a día; capaces, decíamos, de concatenar hechos políticos de manera horizontal, pugnando por la realización de verdaderas políticas de largo alcance.
En la parte baja de la pirámide nos econtramos nosotros. Conformamos, desde nuestra óptica, no sólo la porción más grande de la sociedad, puesto que quienes conducen el país son una porción insignificante de la población, sino que poseemos el derecho de elegir. La elección es nuestra carta magna; es, ni más ni menos, que la posibilidad de manifestarle a esa pequeña porción que decide por sobre nosotros que sus medios, sus instrumentos y sus conductas están bien encaminadas o, por el contrario, carecen de legitimidad.
Me detengo en nosotros, porque somos nosotros los que, a través del voto, debemos comenzar a generar un cambio. El planteo intenta ir más allá de un simple Gobierno, que hoy es kirchnerista, que ayer fue aliancista y mañana será ¿peronista?, ¿radical?, o vaya uno a saber qué bandera política.
“Tenemos los políticos que nos merecemos.” En realidad, el merecer presupone una aceptación sobre el devenir de algo natural. Por el contrario, nosotros tenemos los políticos que somos. A escalas distintas, en acciones insignificantes, nosotros trocamos en corruptos: y esto también está pésimamente mal.
Sobornar a un policía, conducir en estado de ebriedad, arrojar basura en la vía pública, romper el transporte público, utilizar indiscriminadamente recursos como el agua, la luz y el gas, también son hechos de corrupción. Y son de una corrupción tremenda si tomamos en cuenta que somos uno, individuo y destructivo.
Paradojicamente, en Argentina se prende una luz de esperanza. Debemos comenzar a profundizar el cambio. Debemos, como mencionaba en los primeros párrafos, dedicarle el tiempo necesario al estudio de políticas largo-placistas: a la instrumentación urgente de acciones planificadas, consensuadas y plurales.
Pobreza, Salud, Educación y Medio Ambiente son las grietas por donde se filtra la mayor cantidad de agua en nuestra nación. Este territorio amplio, marginal en algunos sectores, merece una exhaustiva reestructuración. Lo merece para que la Pobreza, la Salud, la Educación y el Medio Ambiente no sean sólo unos porcentajes abstractos.
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