miércoles, 14 de abril de 2010

DEMIURGO

Si la materia y las cosas tienen un principio también deberían, eso creo, tener una finalidad. Porque la vida es un objetivo en sí. El desafío más grande que encarnamos como seres humanos es el de llegar a la meta sobreponiéndonos a las vallas que, dependiendo del camino elegido, nuestro sendero proponga.

Este próximo 25 de mayo Bicentenario promete ser un salto cuantitativo a nuestra memoria, en donde aparecerán (y serán recordados) los primeros arquitectos abocados a profetizar un mensaje de rebeldía y descolonización.

Puede discutirse si Moreno, Castelli, Alvear, H. Pueyrredón o Sarmiento (entre tantos otros) fueron radicales en sus pensamientos, fervientes defensores de la autoridad y la disciplina para forjar los lazos de un proyecto de Nación separada por tantísimos kilómetros de tierra; pero hace ciento cincuenta o doscientos años atrás se luchaba (y utilizo el término “luchar” porque hubo guerras intestinas en post de cortar el cordón umbilical que nos ataba a la Corono) por una nueva forma de entender a la política, al ciudadano y a la Nación.

De la centralización monárquica del Poder al incipiente federalismo que intentaban, con más desaciertos que virtudes, respirar en nuestras provincias unidas del sur; del absolutismo monárquico de una colonia que se alimentaba de recursos ajenos al acuerdo tácito de diversas formas de pensamiento intentando confluir en el mismo espacio.

Y el Demiurgo argentino nace con aquellos aires revolucionarios, porque para creer en una Nación primero hubo que verla dibujada. Y en la cabeza de Juan Bautista Alberdi, José Hernández, Scalabrini Ortíz y demás pensadores exisitió esa figura de corte nacional.




Pronto también hubo irrupciones drásticas que comenzaron por viciar esos límpidos aires del Río: el demiurgo mutó a diablo y nuestro proyecto de país, lejos de empezar caminar, continuó su crecimiento con falencias que llevan cerca de cien años de aplicación.

La Generación del 80’ fue la primera gran propuesta nacional en materia de democracia y política. Pero esa generación no supo vislumbrar el crecimiento de una clase media que poco a poco exigía mayor participación política.

El radicalismo de Yirigoyen, Alvear y nuevamente Don Hipólito tampoco pudo manejar la trasnacionalización de los recursos naturales del país. La medias tintas, el debate y la democracia fueron términos amplísimos; incluso el control de poder fue algo que no pudo mensurar el Ejecutivo radical y que sí lograron las Fuerzas Armadas, concretando el primer golpe de Estado de nuestra historia.

Más cerca en la historia los relatos nos resultan cotidianos. Pocas veces damos lugar a la reflexión: no intentamos corregir el futuro estudiando el pasado.
Luego de 200 años de anomalías políticas, de traspaso y hurto de poder, de personalismos autoritarios de izquierdas y derechas, el gen de la corrupción política sigue latente.
Citando el ejemplo más reciente de diversidad político cultural, podemos ver lo que sucede en la parte más boreal de nuestro continente: Estados Unidos en versión Demócrata intenta sacar una Reforma Sanitaria que abarque a 32 millones de personas más. Un partido de centro derecha pugna por mejorar y aumentar el estado de salud de su nación a cerca del 92%. Un gobierno preeminentemente de derecha lanza una política bastante más cercana al progresismo.

El discurso político se agota en la campaña electoral, porque para cambiar el rumbo primero hay que divisar otro, hay que convencerse de que otro horizonte ofrece mejores garantías, aunque los senderos y las vallas tengan otra densidad.

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