¿Alguna vez sentiste que al ver a una fotografía te quedás sin palabras?
En el nuevo milenio, las nuevas tecnologías son una foto constante, tan efímeras como fugaces. Llegan tan rápido que desaparecen con la misma velocidad; pero, les aseguro, si yo escribo de esta foto en particular es porque verdaderamente vale la pena detenerse un momento y contemplar semejante obra de arte. Porque esta imagen se quedó, no siguió avanzando.
Arte. Qué poco sé de arte. A quién le importa el arte cuando frente a sus ojos tiene la prueba de amor que tanto ansiaba; hacía un tiempito, digamos algunas semanas, que esperaba se le apareciera de alguna manera; y así fue, porque el domingo pasado se levantó y la vio en cuclillas, con un pincel de brocha fina en la mano dibujando su historia. Estaba allí, tan hermosa como impactante, mirando a la cámara como queriendo decirle “acá está mi prueba de amor. En este metro cuadrado de asfalto dejo estampadas nuestras ilusiones; y es acá desde donde quiero que sepas que mi amor tampoco se desvanece. Muy por el contrario, ya no encuentro la manera de decirte cuánto te amo”. No hace falta que digas más nada, porque con sólo mirarte, disfrutarte, saber que estás más hermosa que nunca, confirmás que vos estás ahí, pero tenés tu corazón acá, junto al mío.
Una obra de arte es tenerte acá, porque cada vez que levanto la cabeza y te veo con ese hermoso rodete, con tu piel tostada, con ese color negro que tan bien te sienta, me doy cuenta de que cada vez falta menos.
En cierto momento te enojás, no logro entender muy bien por qué; estás tan magnífica como altiva. Comienzo a sentir que sube el calor, quiero transportarme para tenerte en mis brazos, para poder descubrir cuán magnánimo es el mundo a tu lado. Los días se suceden unos a otros, pero siempre encuentro el momento para volverte a mirar, para construir este castillo de ilusiones que vos acabás de dejar atrás. No uno sino muchos, todos los que comenzaremos a edificar juntos.
Te paraste, estiraste tus brazos, y el color sepia te vuelve increíble. Tu figura describe el conjuro de amor y pasión que mantenemos. A tu lado las inscripciones quedan sin efecto, porque la historia se cae con sólo observarte.
Son momentos. Cada imagen es un momento, que a su vez construye otro momento más grande, y que será imborrable. Reformulo la pregunta: Si la fotografía describe un momento, ¿por qué me quedo sin palabras cuando te veo sonreír, respirar; vivir tu vida con tanta pasión, sin exigir más nada que amor?
La historia, te decía, comienza a escribirse todos los días. Con una fotografía, un llamado telefónico o, simplemente, una mano encima de la otra. La historia ya tiene nombre, y será la lágrima de alegría de los nietos, bisnietos y todos los que nos sucedan, porque nuestra historia comenzó a dejar pinceladas de amor en todo el mundo: con tus manos, con tu corazón, con nuestra vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario