jueves, 20 de agosto de 2009

Te abrazo las ganas

Agarró las llaves del auto, se subió el cierre de la campera y salió en busca del golcito rojo. Rápidamente tomó en dirección a la Panamericana, luego General Paz y terminó tomando para el lado de Ezeiza. Ella, por su parte, caminaba por los corredores del avión para pasar un poco el tiempo, el aburrimiento: para quitarse los nervios de encima.

Él conducía a gran velocidad, tal es así que tardó sólo 30 minutos en pisar el Ministro Pistarini.
Dejó el coche estacionado y se volvió sobre sí mismo. Levantó la cabeza y observó el cielo
despejado, con un sol radiante que avizoraba una primavera incipiente. Se le llenaron los ojos de lágrimas; lágrimas que se entrelazaban como un manojo de nervios y deseos dentro suyo.
Volvió a abrir su auto, sacó unos pañuelitos descartables y se limpió el rostro. Miró a su costado, en el asiento del acompañante, y recordó esa lluvia de noviembre que los abrazó en ese mismo golcito rojo, que días más tarde los cuidaba en la orilla del río, mientras se besaban con el respeto de dos novatos; por lo menos, eso seguro, con más juventud que intención. Ese mismo auto rojo que los llevó hasta el fin de semana que guardan bien adentro suyo, como la primera prueba de una relación que jamás caducará.

Dejó las carilinas en la guantera y comenzó a caminar hacia la zona de “arribos”. Faltaban apenas unos minutos para que ella llegara, y el corazón se le salía de la boca. Quería quemar los segundos con las manos, encotrarla allí, saliendo de la pecera humana con su valija a cuestas.

De los altoparlantes se le pedía a los pasajeros que ajustaran sus cinturones, porque estaban próximos a despegar. Ella volvió con paso cancino hacia su asiento, juntando sus manos a la altura de su pecho, como si entendiera que el tiempo había vuelto a unirse, que la distancia no era más que una sensación que planeaba en el aire desde hacía unas pocas horas.

“El vuelo proveniente de Barcelona”, se leía en el cartel, “está aterrizado.” Sesenta y seis días de espera se fundieron en ese monitor del hall de espera, donde había familias esperando a sus hijos, mujeres a sus esposos, familias a otros familiares, remiseros a empresarios y él, sesenta y seis días después, aguardaba por ella.

Ocho en punto cruzó el free shop, compró algunas cosas para ella y otras para su madre y hermanas. También sintió los nervios del reencuentro, porque aunque estuvo recorriendo un paisaje más lindo que el otro, para ella también pasaron sesenta y seis días.

Ocho y veinticinco, con valijas en mano y la cara empapada cruzó el umbral, ese espejo de vidrio que separa a los viajantes de los que esperan. Apenas la vio corrió hacia ella, mientras que la reacción de ella fue de asombro: se quedó quieta sin poder hacer más que taparse la boca y agacharla cabeza.

Fue el abrazo más largo que jamás se haya visto en el Aeropuerto de Ezeiza, acompañado por un beso que resistió las quejas del resto de las personas, que pedían casi enojados que se abrieran paso para dar lugar.

Estás hermosa, ¿sabés? Te extrañé tanto, tanto. No, vos estás hermoso, te prometo que nunca más me vuelvo a separar de vos. Más te vale, Princesa; no lo resistiría. No puedo hablar, no me salen las palabras. Yo tampoco, me abrazás, mi amor. Necesito sólo eso, saber que estás acá, que me seguís amando. ¿Te querés casar conmigo? Quiero vivir con vos ¿Sigo estando linda? Sos lo más hermoso que vi en mi vida. ¿Te gusta el regalo? Es el primer paso, mi amor. A partir de acá empezamos a construir, ¿sí?

Aclaración: El momento que se acaba de describir transcurrió en algún lugar de mi imaginación. Los hechos no, pero pasarán. El amor llegó, y eso no responde a la imaginación de nadie, sino al sentimiento de un corazón que palpita la vuelta de su otra mitad.

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