Frenó en el kilómetro 43 y medio, dejó el auto en la banquina con las balizas encendidas, y se bajó con una pala de jardinería. Sobre los primeros yuyos había una P dibujada con madera, y el hombre comenzó a cavar por los siguientes 5 minutos; hasta que encontró ese libro que había escondido dos meses atrás.
Se sentó en su auto, recorrió algunos metros más y estacionó en la playa de estacionamiento del aeropuerto.
El día comenzaba de la mejor manera. Mientras preparaba el desayuno ahí mismo, bajaba un poco la ventanilla para echar a volar ese pesado olor a café con leche de termo. Al mismo tiempo, sosteniendo con su mano izquierda la tostada, tomó el libro, le quitó la tierra y abrió en la primera hoja del cuaderno, ahora sí, violeta con dibujitos porcinos. Vos también me dejaste la porcina, esgrimió, y rió durante un buen rato con ese chiste de pésimo humor; clásico chiste de poca monta.
Soltó algunas lágrimas de alegría, mientras del cuaderno seguían aflorando fotos de ella. Ella acostada, ella en Barcelona, en su casa, en una fiesta, ella, siempre ella; ese pedazo de su vida que cada día iba creciendo, acaparaba más y más lugar adentro suyo, y lo hacía proyectar sobre cada una de sus ilusiones, que ahora pasarían a ser de los dos.
Eran las 7:45, el café ya se había enfriado, pero el seguía contemplando su cara, esa foto en la que estaba abrazados en la playa. Imagen particular, si las hay, porque se los nota radiantes, felices, como están ahora; él cubriéndola a ella, esperando el chasquido “auto timer” de la cámara de fotos, para inmortalizar un retrato de amor, de esos que ni Botticelli pudo reproducir.
No pensó más que en su rostro, en ese cuerpo quemado que había deseado varios días de playa, de un bronceado ejemplar. Volvió a imaginarla con su bikini, aquella que quebró corazones en tierras españolas, y se imagino dos manos, las de ellos. La suya y la de su novia, volviéndose una con tan solo el contacto. Imaginó otro beso, a ella estallando en mar al verlo parado ahí, aguardando su llegada.
El se desvanecía de placer, eso también lo imagino, y como un chico embobado, largó una serie de regalos: Un tal “chancho”, un ramo grande de rosas, esos bellos calcetines que sólo ellos entienden; pero también, y lo más importante, se fundieron en un abrazo que buscaba en la historia a su inmediato antecesor. La miró a los ojos, intentando mantener la figura (que, se los aseguro, se desvanecía con cada gesto de ella), atento a esa cara de ella que tanto disfruta y recuerda, y le dijo: “Quiero que me cuentes de tu viaje, que me muestres las fotos, que descanses y sepas, siempre en paz, que yo estoy acá para amarte”
Se cree que en el auto también había una valija cargada de proyectos, la mayoría sin materializarse, que se abría para comenzar a ser descubierta,para que transitaran sin tapujos, dejando la vida en cada día.
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