domingo, 26 de julio de 2009

Paquito, el poeta


¡Es suficiente!, gritó desde la planta alta de la casa, y salió hecho una furia hacia la calle. El la seguía desesperado, bien de cerca, aunque no podía ocultar su sonrisa.
En la esquina de Santa Fe y Arenales ella se frenó, y dándose vuelta con furia le estampó el primer beso de todos los besos que se darían a partir de allí. Fue un instante. Ni siquiera logró abrir su boca. Los labios secos marcaban el latido de su corazón.
Poco a poco se fue soltado; primero le estiró su brazo, luego el otro, y un momento más tarde lo abrazó con fuerza. Pasó poco tiempo hasta que una noche, sorprendidos por una llovizna de primavera, hicieron el amor por primera vez.
Reservados, cautelosos, fueron quitándose la ropa. Primero le sacó la camisa botón a botón, continuó dándole besos alrededor del cuello, y resistía los embates de él, qué se había apresurado a quitarle el corpiño, y acariciaba sus senos con admiración. Los miedos fueron desapareciendo. Le bajó el cierre, mientras sentía la frescura de ella posarse en su pecho y unos segundos después le quitó el jeans. Comenzó a besarle los pies, luego sus piernas hasta llegar allí, donde la fuerza de sus manos y los latigazos de su cuerpo no permitieron más que unos pocos segundos.
Fueron varios minutos en los que las restricciones quedaron en la puerta de la habitación, en los que ella comenzó a mostrarle su verdadera cara; minutos en los que él continuó contemplándola, boca abajo, tan maravillosa como irreal.
Comenzaron a reír, y rápidamente ella buscó su ropa interior en el piso y se la puso en la cama, sin necesidad de pararse. Fue esa noche, la primera vez, donde comenzaron a entrelazar sus manos, ungidos por el mismo aceite, consensuando cada acto, entregándose al otro por el mero hecho de amar.
Llegaron a un bar cerca de su casa. Se pidieron un “daiquiri” de melón, porque a ella le gusta comer melón, y charlaron un rato más sobre sus vidas. En algún momento hasta lloraron juntos, cuando él se desnudó ante su novia, susurrándole al oído su secreto mejor guardado.
Por momentos, ahora que ya son una pareja hecha y derecha, ya no necesita gritarle que algo es suficiente, aunque cada tanto tenga que llamarle la atención por tal o cual traspié. Y él sólo necesita saber que la tiene cerca, porque todo el resto de su círculo se mantiene estable.Ella es su centro,desde hace mucho tiempo tiene la llave de su corazón (y la tendrá por el resto de su vida).
Hoy charlan sobre el mundo, las ciudades, el color y la delicadeza de los europeos, pero también guardan su espacio para las huachaferías que tanto ella recibe, y que parecen encantarles. Está pensando en escribir poesías, pero no sabe cómo arrancar, nunca escribió una.
Si tuviera que empezar desde cero, supongo que dos frases iniciarían sus versos:
“De tu mano pretendo hacerme grande, menuda propuesta te hago de lejos;la espera no es un suicidio, simplemente una revelación del alma, que desde hace un mes te jura amor eterno.”

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