jueves, 9 de julio de 2009

Ocho y veinticinco, parte III

Vestimos de blanco para la ocasión. El, en el lugar de siempre; yo, aferrado a la curiosidad que despierta el movimiento que produce la pantalla. Del otro lado está ella, su novia. Le pide por mensaje de texto que se conecte, que tiene sólo algunos minutos para charlar. Él baja corriendo las escaleras, enchufa su computadora a la fuente y se conecta.
Espera mientras sincroniza el procesador. Tuvo una noche fatal. La noticia más esperada y menos pretendida llegó a sus oídos hace unas cuantas horas. Se levantó cuatro veces en la noche a tomar agua. Empapado, decidió pegarse una ducha y volver a acostarse. Prendió la luz, se acomodó en su escritorio y continuó escribiendo la historia: “Capítulo dos. Esa noche en el río…”
Por fin la conozco. Lleva el pelo recogido, tiene una musculosa blanca y sus clásicos “mini shorts”. “No hay caso, no cambia más”, me mira y se ríe él. Comienzan a escribirse. Allá, en España, el calor no cesa, pero llueve desde el otro día.
Está pasmado. La observa con detenimiento, y ella le devuelve todo el amor con un solo gesto. Reacomoda la cámara web y se acerca lentamente hasta cubrirla de negro con un beso. “¿Te gustó? Extraño tus labios.” “Me encantó. Me gustaría poder decirte que te amo a los ojos. Quiero abrazarte, hacerte el amor como aquella primera vez, y también como la última.”
Se olvida de mi presencia. Clava la mirada en su pantalla nuevamente, y se sumerge en el mágico mundo su novia. Desde que se conocieron no hay día que no se escriban, que no se cuenten sus rutinas.
Vuelve a latirle con fuerza el corazón. Aunque ella no pueda verlo él le entrega besos al aire, y se anima a escribirle que sí, cuando ella le dice de irse a vivir juntos, a su regreso. Él le cuenta que ya está buscando departamento, pero le aclara que ronca de noche; a ella no le importa. Se ríen.
“No llores, va a estar todo bien”. El la tranquiliza con algunas frases. Le pide que lea sus cartas, que recuerde sus grabaciones; y le comenta que –omití esa información a ustedes – en sus reuniones de comité sus proyectos marchan bien.
Antes de ayer se fue a jugar al squash con un compañero de trabajo, y terminó por decirle que si pudiera dejaría todo por unos días y se iría a visitarla.
Ella, entre castillos y montañas, le reconoció a su amiga que lo extraña; ella asiente con la cabeza, como los amigos de él acá.
“Quedan cinco minutos”, le dice ella. “Nos queda toda la vida”, replica. Remata su frase diciéndole que no es necesario apresurar la vuelta. Prometió mantenerla informada, aunque aun no haya ocurrido nada.
Se vuelve a reír, han pasado cuarenta minutos y todavía no cae en sí. “Sos lo mejor que me pasó en la vida. Cuidate, porque si te llega a pasar algo yo no voy a poder seguir. ” Intenta la despedida forzosa, nuevamente, pero fracasa.
Me mira con ojos inquisidores, como maldiciéndome por entrometerme en su relación. Estuve todo el tiempo con Shakespeare en mis brazos; no hay lugar para reproches.
Resignado, se levanta de la silla. Lo veo con lágrimas en los ojos, pero me afirma que son de alegría. “Después de 11 días volví a verla a la cara, volví a recibir la bendición de su sonrisa, la magia de su mirada”.
Me dejó otro mensaje para ella. Dice que ya no quedan chocolates en su cesta, y que cada vez que se va a dormir se la lleva a ella, recostada sobre la cama de la habitación, regalándole la eternidad y el amor.

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