Salió de su cama. Se levantó precipitadamente y volvió a su silla ¿Estaba en su silla? Ese momento lo pasé por alto. Sé lo que sucedió, sé lo que escribió, pero no recuerdo en dónde estaba.
No, no puede haber salido de su cuarto; todo está tal cual él lo dejó antes de acostarse en su cama. Yo mismo lo observé cerrar los ojos. Escasos minutos después de dormirse comenzó a respirar sobresaltado; yo lo vi, lo sentí. Me asusté cuando, de la nada, se sentó en la cama y gritó “no quiero ser hincha…”. Pero volvió a acostarse. Estaba soñando con ella, se los aseguro.
En su cuaderno guarda dibujos recientes. La primera hoja, apenas abro el cuaderno, me los muestra agarrados de la mano. El la besa de improvisto; ella se deja amar. Parece cristalina el agua, el cielo, las ideas: el alma.
Ahora sí logro atar los cabos sueltos. Está sentado, pero no en su silla; es otra, una distinta. No está cómodo, el bullicio de alrededor lo estorba, no lo deja pensar. “Servidor de mierda, justo ahora te venís a caer. Me dejaste con ganas de decirle todo lo que siento. Esta computadora conchuda…” Silencio.
Vuelve a reiniciarla, busca un álbum de Queen y se concentra en la pantalla. Está muy atento a sus espaldas, porque no quiere que nadie se inmiscuya en su carta. Sólo logro leer la primera línea: “Amor, buenas distancias nos separan los brazos, pero el corazón late a cada estímulo…” No me permite seguir observando.
Se va, intento leer algo; no hay caso, está bloqueado el ordenador. Lo veo de lejos, reboza de alegría, pero esconde algo en sus ojos; algo se está guardando. En su cajón hay pocas cosas: tarjetas, mapas, y algunas carpetas con anotaciones manuscritas.
En el segundo cajón está la llave del candado que tanto me impacienta: dos fotos de ella. Aparecen los dos juntos, abrazados él a la cintura de ella, ella se sostiene en su hombre. No podría asegurar en dónde están, parece una habitación de hotel. En la segunda está ella, solita, con los pelos revueltos por el viento de una playa abierta, de un cielo azul y frío, de un fin de semana mágico. Tiene escrito en el dorso de la foto unas líneas: “Amor, el tiempo es irreal, la distancia no existe. Estoy en Europa, pero estoy acá. Soy tuya, sólo tuya, para siempre tuya.” Firma ella, claro.
Se pasa alcohol por sus manos, busca el teclado y prosigue con su historia. Veo que le cuenta sobre sus proyectos, sus estudios, las salidas de fin de semana con sus amigos; le promete muchos viajes juntos, una cena de las que sabían darse y le comenta que ahí, en el sobre que ella se llevó en la cartera, hay un tesoro para que cuide. Quiere que la acompañe durante todo su viaje. Nunca explica qué es lo que le regaló, pero… “Entonces, prometeme que vas a seguir recorriendo con ganas, con pasión cada uno de los lugares que te propusiste. Acá estoy para vos, como me dejaste, pero con la certeza de que nuestra historia va a romper los límites del amor. No hay restricciones para amar, sobre todo cuando se entrega el corazón en a cada segundo sintiendo la devolución con sólo una mirada”.
Frena. No quiere embarrarse con palabras innecesarias. Desde aquí pretende que llegue su mensaje, sólo eso.
Apremiado por sus obligaciones, intenta una despedida forzosa, aunque no puede hacerlo. Se da vuelta, me sonríe. Supo desde el primer instante que yo estaba detrás de él, siguiendo su novela. Se tiene que ir, pero me vuelve a dejar un recado. No entendí muy bien de qué se trata, pero me pide que la llame a ella, y en voz baja, como si estuvieran abrazados y en la cama, le susurre “yo también te amo”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario