
Debo reconocer que es la primera vez, luego de casi una década de festines y bombazos de arena, que me quedo en enero en baires. Sí, produciendo. El trabajo nos llama; las obligaciones van in crescendo, diría un filósofo amigo de una bodega del barrio. En realidad, creo estar descubriendo la Buenos Aires no PRO: Salir a tomar mate al Río, correr por la costa de Martínez y San Isidro; tomarme un colectivo, mirá qué acto tan sencillo, y no sentir el avasallamiento del tipo de al lado - que sudado hasta allá. Sí, allá donde la espalda cambia de nombre-, te batalla codo a codo el asiento de atrás. El único asiento libre, el que todos detestan porque es el más cercano al motor. Pero está bueno, porque nadie corre.
Se respira un clima de tranquilidad. Hasta los perros, esos gruñones que parecieran comerte cuando los cruzás por la vereda, están en calma. ¿Falsa calma? No, qué va. Parsimonia. El perro descansa al lado del amo. Agacha el hocico, se gurda las orejas entre el lomo y las patas, saca la lengua y descansa, duerme: Está tranquilo.
Así está la ciudad. El diariero se toma su tiempo. Ya no entrega el matutino a las 6:35, sino que lo lanza pasaditas las 7, cuando los periodistas ya están metidos de lleno en los temas del día.
Che, y hablando un poquito de las noticias: ¿qué se cuenta por la zona de Constitución, o Palermo Hollywood? Ufff!! Lo único que garpa son los móviles en la Costa. Siempre los mismos, obvio. Esa bendita “cola Reef” que sólo le pertenece a los organizadores, las vedettes que se matan por un espacio en la pantalla chica, porque no las va a ver ni el sereno del teatro. Pero, que más podríamos pedir. Sabemos qué es de la vida de Marcelito Hugo, River y Boca juegan allá, mientras el resto disfruta de la lluvia de residuos caribeños de la Bristol, o de los cuerpos desnudos de Playa Franca.
Acá nos conformamos con una palangana con cubitos, porque la media siempre pasa los 30 grados. Al que labura, en mi caso, Dios no lo ayuda (también están los agnósticos que pueden adjudicarle el pergamino de puteadas a algún otro dios pagano). El aire acondicionado se rompe, el techo parece un planisferio. Acá, en la mancha que tengo justo encima de mi cabeza, logro vislumbrar a los europeos emponchados hasta la mandíbula, y Tico, mi compañero, baila al compás de su mancha australiana, que deja entrever el alboroto de gente girando la cabeza de un lado hacia otro: David está “out”, me acaba de comentar Tico.
En fin, la primera vez cuesta, duele, pero siempre tiene su costado positivo. Por lo menos ahora tardo quince minutos menos para llegar al trabajo. Ah, y en ojotas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario